Una de mis primeras columnas para EL INFORMADOR comparaba a nuestra ciudad con Florencia, Italia. De un lado, la exuberante belleza de la cuna del Renacimiento que agobió de hermosura al escritor francés Stendhal y, del otro, la abrumadora preciosidad natural de Santa Marta. La magia de tenerlo todo…
Rememoro aquellas épocas de estudiante cuando el tren que unía a Bogotá con Santa Marta nos transportaba en un agotador viaje, que paliábamos con fiestas y recochas en los vagones. “La nostalgia de Poncho” tuvo letras ajustadas a los viajantes y a las circunstancias del momento; pronto se convirtió en un himno: “no llores (cualquier nombre que rimara) que ya noviembre llega/ la Javeriana pronto se va a cerrar/ en vacaciones, con Nando y tus amigos/ en tu pueblo querido/ te vas a desquitar”: el vallenato clásico en nuestras vidas. Veinticuatro horas (a veces más) de un incesante bamboleo que amainaba con las escalas en Girardot, Barrancabermeja a mitad de trayecto y las ansias de finalizar un agotador viaje de 1000 kilómetros interminables.
Sobrevienen también las memorias de aquel villorrio caribeño; todos nos conocíamos, y había familiaridad auténtica. No pasaba nada, realmente; recorríamos los mismos lugares con rituales parecidos. El Camellón, la bahía y el Rodadero, la misa dominical en la Catedral, los teatros más concurridos (La Morita y el Rayito de Luna al frente), el Variedades y, como no, el Teatro Santa Marta, hermosa obra art decó desarrollada por Pepe Vives, sede principal de la gloriosa Sociedad Amigos del Arte del Magdalena. Pocos saben que Santa Marta tuvo la más importante escena cultural de la Costa; las tablas del Teatro Santa Marta recibieron a la Sinfónica de Viena y los Niños Cantores de Viena, a la declamadora Berta Singerman, el elenco teatral del chileno Rocco Petruzzi, Cantinflas (traído por la Damas Rosadas) y cientos de artistas importantes. Muchas glorias artísticas pisaron nuestra ciudad, en buen parte por el patrocinio del mecenas Florentino Noguera desde Puertos de Colombia.
El deporte magdalenense de entonces entregaba muchas glorias; el único campeonato del Unión Magdalena, campeonatos nacionales en basquetbol, boxeo, futbol aficionado y atletismo, entre otros. Caras sonrientes adornadas de medallas descendían de los aviones; las multitudes acompañaban a los campeones desde el Aeropuerto Simón Bolívar hasta el centro de la ciudad. Recorrimos también los alrededores; las playas del Parque Tayrona cuando realmente eran vírgenes, y el turismo se limitaba a la bella bahía y al precioso Rodadero. Caminamos la Sierra Nevada por todos sus costados, especialmente subiendo a San Pedro; vimos el destrozo ecológico de la carretera que unió a Ciénaga con Barranquilla y la imperdonable afectación la Ciénaga Grande.
Esa pacífica y segura ciudad, cargada de historia y belleza, la ciudad donde Simón Bolívar dejó su alma en la Quinta de San Pedro Alejandrino, se fue transformando en una urbe extensa con todo lo que conlleva. Con poco interés en la memoria histórica, se perdió el rastro de Gabo, del nene Cepeda, Martha Traba y muchos artistas de renombre. Ahora tocaba cerrar y asegurar las ventanas, retirar las mecedoras de las terrazas, trancar las puertas y evitar ciertas zonas y recorridos; se acabó el fútbol en las calles y las tamboras dejaron de sonar. Santa Marta creció irremediablemente caótica; se desvirtuó la preservación de su naturaleza, y el agua potable comenzó a escasear, las aguas servidas se convirtieron en un problema insoluble, el impagable costo de los servicios recorta los víveres de la canasta familiar, la inseguridad campea, las motos agobian, y los problemas crecen exponencialmente.
Pocas horas después de conmemorar y celebrar cinco siglos de existencia, aún hay preciosos tesoros por proteger y acciones pendientes de ejecutar perentoriamente. Los gobiernos de los siguientes cinco siglos están obligados a preservar el patrimonio histórico y resolver de fondo los problemas relacionados con el agua, además de todos los males mayores que nos agobian. Si así lo hicieren, que la ciudadanía los premie, y si no, que los demanden.