Una ocasión perdida de transformar a Colombia (II)

Columnas de Opinión
Tamaño Letra
  • Smaller Small Medium Big Bigger

Afirma Nicolás Maquiavelo, en su obra cumbre El Príncipe, que el gobernante debe evitar ser odiado o despreciado, pues al perder el respeto o mostrarse débil, se convierte en blanco fácil de conspiraciones. En esta línea, Gustavo Petro ha oscilado entre el enfrentamiento constante con la oposición y un repliegue táctico que debilita su autoridad. Su liderazgo se desdibuja cuando evita confrontar a los poderes fácticos o cuando transmite la sensación de gobernar exclusivamente desde la plataforma X. Esta distancia entre su discurso y los resultados ha empezado a generar percepción creciente de desconexión ciudadana, que puede debilitar su figura pública, justo como lo advertía Maquiavelo al hablar de la importancia de preservar el respeto, la coherencia y la centralidad del poder.

Igualmente, en el libro aborda aspectos cruciales como el uso de la fuerza, la construcción de alianzas internas, la elección de secretarios, la necesidad de evitar a los aduladores y la imagen pública del príncipe. Aquí el retrato de Petro se torna aún más complejo. Ha elegido ministros por lealtades ideológicas más que por competencia técnica. Se ha rodeado de figuras que difícilmente lo contradicen, y ha mostrado poca tolerancia a la crítica interna. Como advierte Maquiavelo, el príncipe sabio se rodea de hombres que pueden decirle la verdad sin temor. Cuando esto no ocurre, el error se vuelve estructural.

El Príncipe no debe leerse como un manual de tiranía, sino como un tratado sobre la racionalidad del poder. Su enseñanza fundamental es que gobernar es un arte que requiere cálculo, audacia, y adaptación. Petro, en cambio, ha pretendido que la moral se imponga a la estructura, que la retórica se transforme por sí sola en reforma. Pero la política, como bien se lee en la obra, es un campo donde no basta con tener razón: hay que tener fuerza, estrategia y tiempo. Si no logra conjugar su proyecto transformador con una praxis eficaz del poder, su gobierno corre el riesgo de convertirse en lo que el florentino más temía: una ocasión perdida de transformar la historia.

El presidente Petro encarna el primer intento real de la izquierda por llegar al poder en más de dos siglos de vida republicana. Por ello, su gestión no es evaluada únicamente por sus resultados, sino como una apuesta histórica. En ese contexto, ha perdido una oportunidad invaluable. Maquiavelo advertía que el príncipe nuevo debía fundar un orden que le permitiera sostenerse y dejar herederos políticos; pero Petro, lejos de consolidar una arquitectura de poder duradera, ha fragmentado a su coalición, debilitado sus bases sociales y alimentado la percepción de que la izquierda es incapaz de gobernar con eficacia. Así, más que abrir el camino para nuevas alternancias progresistas, ha terminado por catapultar el regreso de las élites tradicionales. Su paso por el poder, lejos de inaugurar una nueva era, puede convertirse en el argumento perfecto para clausurarla.

Para concluir, más allá de las estructuras del poder, Maquiavelo también habría reparado en el comportamiento del príncipe como reflejo de su carácter político. Las constantes llegadas tarde del presidente Petro, su inasistencia a eventos oficiales —como su ausencia reciente en la cumbre de mandatarios del caribe en Montería— y las denuncias públicas sobre posibles consumos de alcohol o drogas, no son simples anécdotas: son signos que, desde la óptica maquiavélica, afectan directamente la percepción de autoridad y control. Un príncipe que no domina su tiempo, su palabra ni su presencia, se vuelve vulnerable al desprecio, y el desprecio —advertía Maquiavelo— es más peligroso que el odio, porque desgasta el respeto sin producir temor. La imagen de un gobernante errático, disperso, ausente o ajeno a las formas del poder debilita no solo su gobierno, sino la legitimidad del proyecto político que representa. En la lógica de Maquiavelo, la majestad del poder se construye también con actos simbólicos de firmeza, sobriedad y previsibilidad. Cuando estos se ausentan, el poder se desvanece. Y en política, cuando el poder vacila, otros lo ocupan.

Columna de Opinión e-mail: tabaresluis@coruniamericana.edu.co

Síganos en nuestras redes

Más Noticias de esta sección