Desde que Nicolás Maquiavelo escribiera El Príncipe en 1513, ningún tratado sobre el poder ha sido tan punzante ni tan realista. Lejos de los ideales moralistas que subordinan la política a la ética cristiana, propuso una teoría centrada en el ejercicio del poder como fin en sí mismo: su conservación, su expansión y su eficacia.
Esta visión, muchas veces malinterpretada como maquiavélica, es en realidad un llamado a observar la política tal como es, no como quisiéramos que fuera. Hoy, al contrastar esta obra con el gobierno de Gustavo Petro, encontramos un terreno fértil para reflexionar críticamente sobre las tensiones entre ideología y gobernabilidad, entre virtud moral y virtud política, entre intención transformadora y acción estratégica.
Este filósofo político estableció una tipología clara: existen principados heredados y nuevos. Gustavo Petro encarna con nitidez el segundo caso. No llega por linaje ni continuidad política, sino como la expresión de una ruptura. Ha sido elegido democráticamente como el primer presidente de izquierda en Colombia, en un sistema históricamente dominado por élites liberales y conservadoras. Según el autor, los principados nuevos enfrentan dificultades mayores, pues deben instaurar nuevas formas de poder sobre estructuras antiguas. Petro no solo llegó al gobierno: llegó al corazón del Estado con la promesa de reformarlo todo. Y como advierte don Nicolás, el que introduce nuevos órdenes tiene por enemigos a todos los beneficiados por el antiguo régimen, y solo por aliados inciertos a quienes podrían beneficiarse del nuevo.
Sobre los principados mixtos, sostiene que los súbditos cambian de señor creyendo que todo mejorará, pero pronto se desilusionan. Este fenómeno se ha hecho evidente en el caso Petro: una ciudadanía que puso su esperanza en un gobierno transformador se encuentra con reformas bloqueadas, fragmentación en el Congreso y tensiones internas. Sin resultados inmediatos, el pueblo se impacienta. En ese sentido, el gobierno ha mostrado escasa virtù —esa capacidad de actuar con audacia y prudencia— y ha confiado excesivamente en la fortuna —las condiciones externas favorables— que hoy parecen darle la espalda.
El florentino (Maquiavelo nació en Florencia Italia) distingue entre los príncipes que acceden al poder por sus armas y méritos, y aquellos que lo hacen por fortuna o apoyo externo. Petro llegó mediante el voto popular, pero no logró estructurar una maquinaria política robusta. Se apoyó más en el descontento que en una institucionalidad propia. Como él mismo convocó recientemente a un paro nacional en respaldo a su consulta y el pueblo no salió, quedó expuesta una dolorosa verdad maquiavélica: el que no tiene ejército propio ni aparato de poder organizado, caerá cuando cambie el viento.
También introduce el concepto de principado civil, donde el poder surge por el favor del pueblo o de los grandes. El presidente de Colombia encarna el modelo basado en el pueblo, no en las élites. Pero también aquí el padre del pensamiento político moderno advierte que quien llega por el pueblo debe mantener su apoyo a través de resultados concretos, pues gobernar sin el respaldo popular efectivo —más allá del discurso— deja al príncipe aislado frente a las oligarquías. El reciente debilitamiento del respaldo social, las críticas a su gabinete y la imposibilidad de movilizar masas en momentos clave demuestran que ese vínculo popular, si no se alimenta con eficacia y resultados, se erosiona.
Da un giro decisivo afirmando que el príncipe no debe ser bueno, sino parecerlo cuando conviene. La política no es un ejercicio moral, sino una lucha por la supervivencia del Estado. El primer mandatario de los colombianos ha optado por gobernar con una serie de escándalos de corrupción, pero evocando a la transparencia, a la verdad y a la justicia social. Pero la política —como diría Maquiavelo— no premia las intenciones, sino los resultados. Gobernar es actuar, negociar, pactar, simular si es necesario. Petro no ha sabido combinar el león y la zorra: le ha faltado la astucia para maniobrar con el Congreso y la fuerza para imponer autoridad sobre su propio gabinete.