El Derecho Internacional Humanitario (DIH) representa uno de los pilares fundamentales en la protección de la dignidad humana durante los conflictos armados. Es un pacto ético de alcance universal que establece límites incluso en la guerra. No obstante, el escenario bélico contemporáneo, caracterizado por la introducción de nuevas tecnologías como los drones, plantea serios retos en cuanto a la interpretación, aplicación y eficacia de estas normas.
Los Convenios de Ginebra de 1949 y sus Protocolos Adicionales sentaron las bases del DIH moderno. En ellos se consagran normas que buscan proteger a quienes no participan directamente en las hostilidades, como la población civil, y regulan los medios y métodos de combate. Sin embargo, la aparición de armamento no tripulado ha complejizado este panorama.
Uno de los principales desafíos que presentan es la identificación de objetivos militares legítimos. La guerra a distancia, mediada por vigilancia remota, puede aumentar el margen de error o propiciar ataques basados en sospechas insuficientes. Esto contradice el principio de distinción que obliga a diferenciar en todo momento entre combatientes y civiles. Cuando dicha distinción se diluye, el riesgo de afectar a la población no combatiente se incrementa considerablemente.
Otro principio en tensión es el de proporcionalidad, que exige que el daño colateral a civiles no sea excesivo en relación con la ventaja militar concreta y directa anticipada. El uso en zonas pobladas y rurales con presencia directa de tropas en tierra puede facilitar ataques desproporcionados, especialmente cuando se carece de inteligencia precisa. A ello se suma la dificultad de atribuir responsabilidad legal por los ataques: ¿es el operador quien debe responder, el comandante que ordenó la misión, el diseñador del software? La cadena de responsabilidad se diluye, dificultando la rendición de cuentas.
En el caso colombiano, los drones han comenzado a emplearse por grupos armados ilegales. Este fenómeno debe analizarse a la luz del conflicto armado no internacional que ha caracterizado al país durante décadas. Aquí, el uso por parte de actores no estatales –incluidas disidencias de las Farc, el ELN o grupos residuales del paramilitarismo– plantea un grave riesgo para la sociedad no beligerante. Estas estructuras armadas, en su accionar violento, no se han dirigido históricamente contra el Estado, sino contra la sociedad civil: la guerra de las Farc nunca fue contra el Estado colombiano, sino contra su pueblo; la guerra de los paramilitares no fue contra las guerrillas, sino también contra los civiles. Hoy, sus disidencias continúan este patrón de victimización sistemática.
La utilización por estos actores ilegales podría agudizar la violencia contra comunidades vulnerables, líderes sociales y defensores de derechos humanos, aumentando la letalidad de sus acciones y dificultando aún más su trazabilidad. A su vez, el despliegue por parte del Estado también debe ser monitoreado bajo estrictos estándares de legalidad, necesidad, distinción y proporcionalidad, evitando replicar los errores de operaciones militares del pasado en las que la comunidad no combatiente fue blanco indirecto de estrategias contrainsurgentes.
En este contexto, los textos legales del DIH se enfrentan a un reto crucial: mantenerse vigentes y aplicables en un escenario de guerra tecnológica. Es imprescindible que se desarrollen protocolos específicos sobre la operación de nuevas armas, incluyendo los drones, y que estos se integren de manera obligatoria en la doctrina militar, los procesos de formación y las políticas públicas de defensa.
Para concluir, su empleo en el conflicto colombiano plantea riesgos concretos tanto para los ciudadanos como para el respeto a las normativas de la guerra. Lejos de ofrecer una solución a las hostilidades, pueden convertirse en herramientas de violación sistemática de derechos si no se regulan y controlan adecuadamente. La población civil, como lo ha sido históricamente en Colombia, sigue siendo la principal víctima de una guerra que no la reconoce como neutral. El respeto y la implementación efectiva del DIH, incluso en medio de la innovación tecnológica, es la única garantía posible para evitar que el desarrollo militar se convierta en una nueva forma de barbarie.
La guerra evoluciona: drones contra civiles
Columna de Opinión
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