La paz se marchita donde crece la coca

Columnas de Opinión
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A nueve años de la firma del Acuerdo Final de Paz entre el Estado colombiano y las Farc-EP, sus pilares comienzan a crujir bajo el peso del incumplimiento. Lejos de consolidarse como una política de Estado que transformara las estructuras de exclusión y violencia, la implementación ha sido errática, intermitente y, en algunos puntos, francamente fallida. Uno de ellos, quizá el más sensible y estratégico, es el Punto 4: la solución al problema de las drogas ilícitas. Hoy, este componente no solo evidencia su fracaso, sino que amenaza con deslegitimar el proceso entero, revictimizando a las comunidades y encendiendo nuevas alarmas sobre la viabilidad de la paz.

El Programa Nacional Integral de Sustitución de Cultivos de Uso Ilícito (PNIS), concebido como un eje de justicia social y desarrollo rural, ha sido desmantelado por la inercia burocrática, la falta de voluntad política y el desfinanciamiento crónico. En teoría, se sostenía sobre la sustitución voluntaria, el respeto por los derechos humanos y el diálogo con las comunidades. En la práctica, ha sido una sucesión de incumplimientos e improvisaciones. Miles de familias campesinas, que apostaron por dejar atrás los cultivos ilícitos a cambio de alternativas dignas, hoy enfrentan la misma pobreza de antes, pero con un nuevo agravante: la frustración y la desconfianza en las instituciones.

Según cifras de la Unodc, entre 2021 y 2023 las hectáreas cultivadas con coca crecieron un 10%. Las regiones donde operaba el PNIS, como Putumayo, Nariño, Norte de Santander y Caquetá, no solo vieron retrocesos en la sustitución, sino que fueron reocupadas por estructuras criminales y disidencias de las Farc. El control territorial se reconfigura, y el vacío estatal es llenado, una vez más, por actores armados ilegales. El mensaje es devastador: donde se prometía oportunidades, hoy se siembra coca y se cultiva violencia.

Este fracaso es estructural y ético. El Punto 4 del Acuerdo —junto al primero, sobre Reforma Rural Integral— atacaba la raíz del conflicto armado: la pobreza, la desigualdad y el abandono estatal en el campo colombiano. Sin él, la paz es un cascarón vacío. Se trataba de desmontar las causas profundas del narcotráfico.

Mientras los líderes sociales que promovían la sustitución son asesinados sistemáticamente, el Estado no ha sido capaz de garantizar ni la seguridad ni la ejecución mínima de los proyectos productivos prometidos. Según la Procuraduría General de la Nación, más de 180.000 familias con acuerdos colectivos fueron excluidas del PNIS. Y las que sí fueron incluidas, han recibido apenas una fracción de los recursos prometidos. ¿Cómo puede consolidarse la reconciliación si ni siquiera se cumple con lo firmado?

Considero que se trata de una constatación dolorosa: la implementación es el verdadero termómetro de la paz, no la firma ni la ceremonia. Y lo que el panorama marca hoy es deslegitimación y ruptura. La palabra de sucesivos gobiernos (Santos, Duque y Petro) se ha devaluado en los territorios, y la promesa de paz empieza a parecerse más a una farsa que a un pacto transformador.

Frente a este panorama, no basta con narrativas optimistas desde Bogotá. La paz se juega en Tumaco, en el Catatumbo, en el Guaviare, en la región Atlántica y Pacífica, en Urabá, donde los campesinos esperan con razón que el Estado cumpla lo pactado. La reconstrucción de la confianza es urgente, pero no vendrá con discursos: exige recursos, seguridad, participación, tierra y justicia. Requiere, ante todo, coherencia entre lo firmado y lo ejecutado.

Si este Punto fracasa, el Estado no solo habrá incumplido un acuerdo de paz reconocido a nivel internacional, sino que habrá golpeado directamente las bases de la reconciliación nacional. Esta es una deuda moral con millones de víctimas, con los campesinos históricamente excluidos y con la memoria misma de este país. Es una promesa que no puede seguir siendo aplazada. Si no se honra lo pactado, el proceso no será recordado como un camino hacia la justicia, sino como otro capítulo más en el largo y doloroso libro de la historia del pueblo colombiano.

Columna de Opinión e-mail: tabaresluis@coruniamericana.edu.co

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