La identidad colectiva es el conjunto de valores, creencias, tradiciones e ideales que comparten los miembros de una comunidad y que les permite reconocerse como parte de un mismo grupo. Es un factor esencial para la cohesión social, ya que brinda sentido de pertenencia, fortalece los lazos comunitarios y permite la construcción de proyectos comunes. En una sociedad sirve para afianzar la confianza en las instituciones, promover la participación ciudadana y consolidar valores democráticos fundamentales.
Sin embargo, cuando un pueblo la pierde se debilitan sus lazos de solidaridad, aumenta la fragmentación social y se generan condiciones propicias para la desafección política, el autoritarismo y la violencia. Sin ella, un país se vuelve más vulnerable a la manipulación política y al debilitamiento de su estructura institucional, lo que compromete la estabilidad democrática y la posibilidad de un desarrollo sostenible.
En Colombia, ha sido progresivamente erosionada por factores como la división política, la desigualdad social y la desconfianza en las instituciones. A pesar de que la Constitución de 1991 estableció un modelo democrático basado en la participación y el pluralismo, no se ha logrado consolidar un proyecto nacional que integre a todos sus ciudadanos.
Además, la crisis de representación política ha agravado este problema. Los gobiernos sucesivos han fallado en generar estabilidad y certidumbre, y la gestión pública ha estado marcada por contradicciones, ineficiencia y falta de transparencia. Esto ha alimentado una creciente desconfianza en la institucionalidad, haciendo que los ciudadanos se sientan cada vez más desvinculados del Estado y de sus procesos democráticos.
No obstante, los colombianos compartimos una identidad colectiva que se manifiesta en múltiples expresiones culturales y sociales que nos unen como nación. Nos reconocemos en la celebración del Día de la Independencia, en la emoción que despierta la Selección Colombia, en la alegría de nuestras fiestas regionales y en la solemnidad con la que entonamos el himno nacional. Nuestra gastronomía es un reflejo de la diversidad del país, al igual que nuestra música, con ritmos como el vallenato, el porro, la cumbia y el bambuco. También nos define esa capacidad de levantarnos ante la adversidad. Nos enorgullece el legado de Gabriel García Márquez y su realismo mágico, que ha llevado nuestras historias al mundo. Y, por supuesto, no podemos olvidar nuestro sentido del humor y picardía, que nos permite afrontar las dificultades con ingenio y optimismo. Estos elementos, más que simples manifestaciones culturales, son la esencia de lo que significa ser colombiano.
Por el contrario, hay situaciones que debilitan nuestra identidad colectiva, generando desconfianza y desarraigo. Sentimos apatía para ir a votar, pues muchos ciudadanos consideran que su voz no tiene impacto en el rumbo del país. La polarización política extrema nos divide en bandos irreconciliables, impidiendo la construcción de consensos y proyectos comunes. La corrupción, que nos carcome, erosiona la confianza en las instituciones y refuerza la percepción de que el país está en manos de intereses particulares.
En el ámbito jurídico, el Estado colombiano tiene la obligación de garantizar derechos fundamentales y promover el bienestar social. No obstante, el debilitamiento de las instituciones ha minado la credibilidad del sistema de justicia, del Congreso y del Ejecutivo, lo que la afecta directamente. Cuando la población percibe que las instituciones no representan sus intereses ni garantizan sus derechos, la vinculación social se debilita y aumenta la sensación de abandono estatal.
Desde el punto de vista de los derechos humanos, esta dispersión tiene consecuencias graves. La falta de unidad dificulta la exigencia colectiva de derechos y la construcción de políticas públicas que beneficien a toda la sociedad. En un país con profundas desigualdades, esta ruptura solo agrava la marginación de comunidades históricamente excluidas y obstaculiza la implementación de reformas fundamentales, como la rural, la de salud, la laboral, la de justicia, la pensional y la política. Además, el creciente escepticismo de los ciudadanos hacia sus líderes políticos refleja este deterioro, debilitando la identidad colectiva y erosionando la confianza en la democracia.
Columna de Opinión
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