En muchos rincones de Afganistán, mientras el mundo guarda silencio o desvía la mirada, hay niños obligados a bailar, a sufrir. A disfrazarse, a sonreír sin alma, a convertirse en propiedad ajena. Todo esto ocurre bajo una costumbre conocida como bacha bazi, una de las formas más atroces de esclavitud sexual infantil que aún persiste, cobijada por el miedo, la desigualdad y la complicidad del poder.
El bacha bazi no es un mito, ni una exageración, ni una historia escondida entre sombras. Es una realidad institucionalizada en la que menores son convertidos en objetos de entretenimiento y sometimiento sexual para hombres adultos. Se repite en celebraciones, en cuarteles, en casas privadas, y lo más grave: ocurre a la vista de quienes deberían detenerlo. Todo un entramado cultural, económico y político lo sostiene.
Esto jamás puede llamarse costumbres. Se trata de humanidad. Se trata de niños. De vidas que son marcadas por la violencia, la humillación y el abandono. No hay tradición, por antigua o local que sea, que justifique la violación sexual de un niño.
Aquí se plantea una de las tensiones más profundas del discurso sobre derechos humanos: ¿hasta dónde llega la universalidad de los derechos cuando se enfrenta con culturas que los relativizan? ¿Tiene sentido hablar de derechos del niño en contextos donde el poder de los adultos aplasta cualquier posibilidad de protección? ¿Puede Occidente exigir el cumplimiento de principios básicos de dignidad humana sin ser acusado de imperialismo cultural?
Porque los derechos humanos no son propiedad de un hemisferio. No son una invención occidental. Son conquistas éticas de la humanidad, nacidas del dolor, del genocidio, del abuso, de la resistencia. Proteger a los niños contra la violencia sexual no es una ideología: es una obligación moral y jurídica.
Bacha bazi, que en dari significa “jugar con niños”, es en realidad una expresión de poder, dominación y violencia sexual ejercida sobre niños varones que son forzados a bailar vestidos de mujer ante hombres adultos para luego ser abusados sexualmente. Las víctimas suelen ser niños pobres, huérfanos o vendidos por sus propias familias. Son reclutados por señores de la guerra y las autoridades afganas, lejos de protegerlos, en muchos casos se hacen la de la vista gorda. Lo que ocurre no puede seguir siendo relativizado, justificado o ignorado. Es una violación masiva, sistemática y tolerada de derechos fundamentales. Es tortura sexual institucionalizada. Es la cosificación del niño, convertido en objeto de placer y símbolo de estatus en una sociedad.
El mundo ha fallado. Ha fallado al tolerar el silencio. Ha fallado al negociar con gobiernos que protegen agresores. Ha fallado al considerar este crimen una curiosidad cultural. Y ha fallado, sobre todo, al no gritar con fuerza lo que está a la vista: que esta práctica es tortura, esclavitud y violencia sexual infantil.
No basta con informes aislados. No basta con que Afganistán haya ratificado la Convención sobre los Derechos del Niño. No basta con condenas diplomáticas. Lo que se necesita es presión internacional efectiva y acción concreta ya que Human Rights Watch, Naciones Unidas, la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos, medios internacionales y muchos investigadores lo han documentado durante más de una década.
Con este escrito no pido permiso para denunciar. No consulto si es políticamente correcto. No temo a que digan que esto es interferencia cultural. Porque si los derechos humanos no sirven para proteger a los más vulnerables, entonces no sirven para nada.
Lo digo con claridad: el bacha bazi debe ser condenado por el mundo entero. Y no como una nota de pie de página en los informes diplomáticos, sino como un crimen imperdonable contra la infancia. No hay paz ni reconciliación posibles mientras estas prácticas sigan ocurriendo, mientras los culpables sean protegidos, mientras los niños sean silenciados.
Denunciar este horror es un deber. Callarlo es ser cómplice. Y en este momento, el mundo no necesita más cómplices: necesita más voces que se levanten, que incomoden, que exijan, que denuncien.