Publicaciones prohibidas

Columnas de Opinión
Tamaño Letra
  • Smaller Small Medium Big Bigger

Nadie lo discute: los libros son una importante herramienta para entretener, pero también para transmitir conocimiento; pueden cuestionar los preceptos vigentes, desafiar a los poderosos, explorar otros horizontes y nos permiten conocer autores y culturas distintas. Podemos encontrar ideas diferentes o puntos de vista enfrentados, lo que ayuda a desarrollar el pensamiento crítico, que tanta falta hace. Así, encontraremos libros trasgresores y otros adelantados a sus tiempos; no siempre son bien recibidos, y muchos han sido objeto de censura y prohibiciones.

Recién publicado, Cien años de soledad estuvo vetado en Colombia; a los pacatos y moralistas de entonces además de algunos académicos, el lenguaje usado por Gabo les pareció soez y contrario a “las buenas costumbres”; el veto que llegó a colegios y universidades se iba levantando a la par de su éxito universal, y desapareció cuando el cataquero se elevó al Olimpo literario con el Premio Nobel de Literatura en 1983. Mientras tanto, Alejandro Ordoñez, aquel oscuro exprocurador miembro de la Sociedad San Pío X, en 1978 organizó junto a TFP (Tradición, familia y propiedad, otra organización fundamentalista) una quema de libros sacados de una biblioteca pública de Bucaramanga: ardieron obras de Descartes, Freud, Marx, Tomas Mann, Rousseau, libros de historia colombiana, biblias protestantes y, claro, García Márquez, calificadas todas ellas de “publicaciones corruptoras” que podían “perturbar las mentes juveniles”.

La censura de libros en Colombia viene desde la colonización española; el virrey José Manuel de Ezpeleta ordenó la desaparición de todo impreso con los Derechos del hombre y del ciudadano, que Antonio Nariño había traducido del francés e publicado en Santa Fe de Bogotá. Por aquellos tiempos, a iglesia católica tenía su lista de libros prohibidos, entre ellos Niebla, de Miguel de Unamuno y Las Flores del mal, de Baudelaire; en ciertos libros se tachaban con color rojo las frases prohibidas; dicho índice fue abolido en 1848. Tomás Cipriano de Mosquera ordenó quemar las copias existentes de la Geografía general de los Estados Unidos de Colombia, y Marco Fidel Suarez censuró el libro La Amazonía colombiana, porque dichas publicaciones “favorecían al Brasil en sus pretensiones expansionistas”. Por fortuna, varias copias se salvaron y algunas reposan en la biblioteca Luis Ángel Arango.

Rafael Nuñez, cuando firmó el Concordato en 1888, se comprometió a prohibir todo lo que fuera contrario al dogma católico; fueron censurados autores como Rousseau, Paine o Voltaire. Para 1906, un sacerdote español llamado Pedro León de Guevara editó un manual de censura literaria: se prohibiría cualquier libro por ser “herético, impío, incrédulo, blasfemo, clerófobo, malo, de malas ideas, deletéreo, dañino, peligroso, inmoral, obsceno, deshonesto, lascivo, lujurioso, libre, indecente, cínico, voluptuoso, sensual, apasionado, peligroso para jóvenes, imprudente y temerario”. Para 1910, la lista de obras censuradas llegaba a 2057 obras.

Uno de los autores más castigados fue José María Vargas Vila; la iglesia indicaba que, por ser ateo, influenciaba a sus lectores, particularmente con Aura o las violetas. También tacharon al general Uribe Uribe por su ensayo El liberalismo colombiano no es pecado, publicado durante la hegemonía conservadora; la censura era cada vez más feroz. Gobernaba Ospina Pérez cuando Jorge Zalamea publicó en Crítica, una revista contraria al gobierno, La metamorfosis de su excelencia, publicación en la que satirizaba al mandatario; Ospina hizo retirar todos los ejemplares de la revista. Zalamea tuvo que exiliarse y Buenos Aires fue su refugio. Desde allí escribió El gran Burundún-burundá ha muerto; sin mencionar nombres o país alguno, Zalamea trata del caudillo y del caudillismo en una dictadura latinoamericana cualquiera; habla del líder carismático que llega al poder para convertirse en un personaje corrupto, desatar una aplastante y violenta arbitrariedad que involucra a policía, milicia, lacayos y toda clase de verdugos apoyados en un poder ilimitado. Zalamea le confiesa a Germán Arciniegas: “En Colombia me era imposible hacer nada contra la tiranía y el crimen, cuando la vida se me había hecho prácticamente invivible”. Al final, su obra visibilizó a las impúdicas tiranías.

Columna: Coloquios y Apostillas e-mail: hernando_pacific@hotmail.com