Las madres tenían razón

Columnas de Opinión
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Desde tiempos inmemoriales, la humanidad ha buscado comprender qué nos distingue de otras especies animales. Una de las teorías más aceptadas es que el acto de enterrar a nuestros muertos marcó un hito en nuestra evolución cultural y social. Cubrirlos con piedras no solo protegía los cuerpos de los carroñeros, sino que también reflejaba una conciencia sobre la muerte y una necesidad de honrar a quienes partían.

Según el antropólogo Bob Simpson, en el momento en que una persona muere, la comunidad crea una nueva realidad, que involucra a las personas, las memorias y los objetos, así como las relaciones sociales, ceremonias y creencias. Este acto de sepultura, por lo tanto, no solo es una práctica funeraria, sino una manifestación de nuestra capacidad de razonar, sentir y establecer vínculos simbólicos con el más allá.

Gabriel García Márquez expresó que no somos de donde nacemos, sino de donde tenemos a nuestros muertos. Esta afirmación resalta la importancia de los lugares de descanso final de nuestros seres queridos en la construcción de nuestra identidad y sentido de pertenencia. Elegimos cuidadosamente estos sitios, que se convierten en espacios sagrados de veneración y peregrinación. Allí, llevamos flores, hablamos con ellos y les pedimos consejo o protección, manteniendo viva su memoria y fortaleciendo nuestros lazos afectivos.

Sin embargo, en Colombia, y específicamente en Antioquia, esta tradición se ha visto dolorosamente interrumpida. La Escombrera, ubicada en la Comuna 13 de Medellín, se ha convertido en una fosa común clandestina, donde se estima que yacen los restos de más de un centenar de personas, víctimas de desapariciones forzadas durante el conflicto armado. Sus familias, durante décadas, han buscado incansablemente a sus seres queridos, anhelando ofrecerles una sepultura digna y un lugar sagrado para honrarlos. Es desgarrador pensar que, mientras en otras culturas los cementerios son espacios de memoria y respeto, aquí, un botadero de escombros oculta los restos de muchos, reflejando el horror de nuestra prolongada guerra.

Recientemente, tras años de búsqueda, se han hallado los primeros restos humanos. Este descubrimiento valida las denuncias de las familias que, durante años, señalaron este lugar como una fosa común utilizada durante el conflicto armado. Según la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), las estructuras óseas encontradas podrían corresponder a personas desaparecidas entre 2001 y 2004. Este hallazgo no solo confirma la magnitud de las atrocidades cometidas, sino que también subraya la necesidad imperiosa de continuar las labores de exhumación y dignificación de las víctimas.

En mi opinión, esta situación evidencia una profunda deshumanización. La guerra nos ha carcomido, y su solución es eminentemente política. Considero que es imperativo poner fin a este conflicto que ha dejado cicatrices imborrables en nuestra sociedad. La Escombrera no solo es un símbolo del azote de la violencia, sino también un llamado urgente a la reconciliación y la paz.

La Escombrera, que durante años fue un símbolo de impunidad y olvido, hoy nos confronta con nuestra historia y nos invita a reflexionar sobre la importancia de la memoria y la justicia. Es un recordatorio de que, como sociedad, tenemos la responsabilidad de honrar a nuestros muertos, no solo por respeto a ellos, sino también para sanar nuestras propias heridas y construir un futuro en paz.

Para concluir, las madres de las personas desaparecidas nunca tiraron la toalla en su búsqueda incansable. A pesar de enfrentarse a todo tipo de críticas, señalamientos y hasta indiferencia por parte de la sociedad y las instituciones, ellas persistieron con una valentía inquebrantable. Cargadas de dolor y esperanza, caminaron por oficinas gubernamentales, lideraron marchas, exigieron justicia y no permitieron que el silencio sepultara la memoria de sus hijos. Hoy, con los primeros hallazgos se confirma que tenían razón. Su lucha no solo reivindica a las víctimas, sino que también nos obliga como sociedad a reconocer su valor y a trabajar para que jamás se repita una tragedia de esta magnitud.

Columna de Opinión e-mail: tabaresluis@coruniamericana.edu.co

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