Me gusta recordar a Olympe de Gouges como una figura que desafió las normas sociales y políticas de su tiempo. Nacida en 1748 en Montauban, Francia, su trayectoria revela una mujer de determinación férrea, ingenio agudo y un profundo sentido de justicia. Desde sus primeros años fue testigo de las desigualdades que definían el destino de las mujeres. Este entorno de subordinación no logró domar su espíritu; al contrario, sembró en ella la semilla de la rebeldía.
Desde joven rechazó las imposiciones del matrimonio, una institución que veía como una forma de esclavitud para las mujeres. Su decisión de abandonar el apellido marital tras enviudar fue el primer acto de independencia de una vida llena de desafíos al orden establecido. En su lugar, adoptó el nombre Olympe de Gouges con el que reclamó para sí misma el derecho a definirse como ciudadana libre.
Ya instalada en París, descubrió en la escritura su arma más poderosa. Desde el teatro hasta los ensayos políticos, su obra fue un vehículo para una lucha que trascendía lo puramente intelectual. Fue una activista, pensadora y autora que entendió que las palabras podían cambiar las estructuras de poder convencida de que el cambio comenzaba en la denuncia por medio de sus escritos.
Su intervención más audaz ocurrió en 1791, cuando redactó la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana. Esta obra fue un desafío directo al espíritu excluyente de la Revolución Francesa, que había proclamado los derechos universales, pero los había reservado exclusivamente para los hombres. Entonces, con una claridad que desarmaba a sus detractores, declaró que la mujer nace libre y permanece igual al hombre en derechos. Se trató de un grito de justicia, de un reclamo dirigido a toda una comunidad que perpetuaba la opresión.
En una época en la que las mujeres debían limitarse al silencio, ella rompió con todos los moldes. No solo desafió el patriarcado, sino también las estructuras políticas que consideraba injustas. A pesar de sus ideas, el precio que pagó por su activismo fue la guillotina. Ejecutada en 1793 bajo acusaciones de traición, su muerte no solo simboliza la intolerancia de su época hacia las voces disidentes, sino también la resistencia del control establecido a aceptar transformaciones que cuestionen sus cimientos.
Más allá de su obra, su vida es un llamado a cuestionar las estructuras de autoridad y un testimonio de resistencia. Su legado no reside únicamente en los textos que dejó, sino en la valentía de vivir según sus principios, enfrentando el odio y el desprecio arraigados en una sociedad profundamente patriarcal y estructurada en función de privilegios masculinos.
Olympe fue una visionaria que nos recuerda que los derechos no son regalos, sino conquistas. En una cultura donde la violencia y la discriminación hacia las mujeres persisten, su vida es un llamado a no rendirse. Porque, como ella misma habría dicho, la batalla por la igualdad no es solo la lucha de las mujeres, sino la lucha de toda la humanidad.
En el día de su muerte, Olympe mostró una serenidad y una valentía que desconcertaron a sus verdugos. En su trayecto hacia el patíbulo, fue llevada en una carreta por las calles de París, expuesta al desprecio y las burlas del público. Sin embargo, mantuvo la cabeza erguida y expresó su confianza en que su sacrificio no sería en vano.
“Nadie debe ser molestado por sus opiniones, incluso fundamentales. Si la mujer tiene el derecho de subir al patíbulo, ella debe tener igualmente, el derecho de subir a la tribuna…”
Para concluir, las mujeres en Colombia no solo luchan contra las barreras legales y culturales, sino también contra la violencia de género. Asimismo, cientos son víctimas de feminicidios cada año, y muchas más enfrentan condiciones de vulnerabilidad en medio de conflictos armados y desigualdades económicas. En este contexto, el mensaje de Olympie se convierte en un recordatorio de que la justicia y la equidad no pueden seguir siendo postergadas.