La historia vista desde la ausencia del Estado

Columnas de Opinión
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El surgimiento de grupos de autodefensa en Colombia durante la década de 1960 fue el comienzo de una política que entrelazaría de manera compleja a civiles armados con las dinámicas del conflicto. Este enfoque no solo falló en su objetivo de garantizar la seguridad de manera efectiva, sino que también sembró las semillas para un conflicto prolongado que ha exacerbado la violencia en la nación.

Es crucial entender que la delegación de funciones de seguridad a civiles armados se institucionalizó a través de legislaciones en las décadas de 1960 y 1970. Estas políticas culminaron en la creación de las Convivir en 1994, que legalizaron el uso privado de armas para la defensa nacional. Sin embargo, en lugar de estabilizar la situación, estas iniciativas a menudo resultaron en graves violaciones de derechos humanos y del derecho internacional humanitario.

El papel de las Convivir fue especialmente significativo dentro de este entramado facilitando una integración preocupante de intereses entre empresarios, el Estado y grupos paramilitares. Esta colaboración no solo proporcionó una fachada de legitimidad, sino que también permitió su financiación. Este desarrollo ha complicado profundamente la percepción y realidad de la seguridad y justicia en Colombia, solidificando una narrativa de violencia y corrupción.

Además, la legalización y el apoyo político a las autodefensas civiles facilitaron la expansión del paramilitarismo, permitiendo que se entrelacen en la política nacional y ejerzan una influencia considerable. Esta situación ha reforzado su percepción como una extensión del poder estatal y ha complicado significativamente los esfuerzos por la paz y la democratización en Colombia.
Es alarmante que, a pesar de los esfuerzos legislativos como la ley de Justicia y Paz, las iniciativas de paz han sido insuficientes y han carecido de una participación significativa desde la base de la sociedad. La falta de transparencia y la escasa inclusión de las víctimas en el proceso de desmovilización han dejado muchas preguntas sin responder sobre la verdadera extensión de la violencia y la complicidad del Estado y los actores económicos en el conflicto.

El paramilitarismo ha dejado un saldo devastador en Colombia, siendo responsable de una proporción significativa de las violaciones de derechos humanos. Sus prácticas marcadas por la crueldad y la severidad han dejado profundas cicatrices en la sociedad perpetuando un estado de miedo, desconfianza y venganza que complica cualquier esfuerzo hacia la reconciliación y la paz.

Considero que la profundidad de las alianzas entre el Estado y los paramilitares, que aún no ha sido completamente esclarecida, representa un desafío considerable para la construcción de una democracia genuina. Es imperativo que se lleve a cabo una revisión exhaustiva de estas relaciones para que aquellos en posiciones de poder que han facilitado o perpetuado esta violencia digan la verdad.

Mientras el paramilitarismo ha sido una fuente de inmenso dolor y destrucción, también ofrece lecciones valiosas sobre la importancia de la gobernanza justa y la necesidad de una vigilancia constante contra la corrupción y el abuso de poder. La paz duradera dependerá de dos situaciones, de la capacidad del país para aprender de estas lecciones y construir un futuro en el que la seguridad y la justicia sean accesibles para todos los ciudadanos. Y, del apoyo a la paz total para desmovilizar a los disidentes de las AUC.

En la actualidad, la persistencia de estos grupos de disidencias destaca que siguen siendo una influencia potente y destructiva. Los emergidos tras la desmovilización oficial de las AUC, han mantenido y expandido el legado de violencia y alianzas perpetuando un ciclo de inseguridad y corrupción que afecta a muchas regiones del país.

Para concluir, es claro que uno de los principales obstáculos para alcanzar la paz ha sido históricamente el conflicto por la tierra. Sin embargo, la persistente ausencia del Estado en muchos territorios del país es igualmente determinante. Es esencial reconocer que construir un Estado no se limita a las grandes ciudades; se requiere una presencia efectiva y equitativa en la Colombia profunda para asegurar que esta historia no se repita.
Columna de Opinión e-mail: tabaresluis@coruniamericana.edu.co

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