Desde Afganistán, con terror

Columnas de Opinión
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Después de décadas de conflictos que no se han resuelto adecuadamente y que han trascendido, millones de personas en Afganistán enfrentan la pobreza extrema y padecen hambre. Esta situación se agrava con el colapso de la economía y la violación generalizada de los derechos humanos, afectando especialmente a mujeres y niñas.

En ese sentido, Richard Bennett, relator especial de Naciones Unidas para los Derechos Humanos en Afganistán, ha señalado que la opresión institucionalizada de mujeres y niñas debería conmocionar la conciencia de la humanidad.

No obstante, más allá de esta verdad evidente, el enfoque sobre los derechos humanos en esta región no ha estado exento de debates sobre el concepto de universalidad versus relativismo cultural. Los regímenes y sectores más conservadores en Oriente han argumentado en muchas ocasiones que están occidentalizados y no responden a las particularidades culturales o religiosas de países con vocación musulmana. Este argumento ha sido utilizado para justificar, desde una perspectiva localista, las restricciones impuestas a las mujeres.

Sin embargo, no estoy de acuerdo con que puedan aplicarse según las costumbres de cada país bajo el argumento del relativismo cultural. Este no puede ser excusa para violar derechos esenciales. Es importante recordar que estos principios son universales, como lo establece la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, adoptada por la mayoría de los países. Esto significa que estos valores no se negocian según fronteras culturales, geográficas o religiosas: una mujer es un ser humano con plenos derechos en Colombia, en Afganistán, en Constantinopla o en cualquier otro lugar del mundo.

Ahora bien, las restricciones impuestas por el régimen talibán no solo eliminan la posibilidad de que las mujeres afganas participen en la vida pública, sino que las relegan a una vida en la que carecen de derechos básicos, como el acceso a la educación, el empleo o la justicia. En este contexto, la comunidad internacional debe recordar que no son un lujo ni un producto occidental, sino principios fundamentales que garantizan la dignidad y el bienestar de todos los seres humanos. Negarlos bajo el pretexto de respetar las tradiciones locales es perpetuar una estructura de poder que oprime y subyuga.

Considero que las leyes y normativas impuestas en este país a las mujeres constituyen un crimen contra la humanidad. La discriminación y violencia estructural hacía ellas no pueden quedar impunes bajo el argumento de que se trata de costumbres locales. Es responsabilidad de la comunidad global no solo denunciar estas violaciones, sino también llevar a juicio a los responsables. Esta acción no es una injerencia en los asuntos internos de Afganistán, sino una obligación de velar por los derechos humanos universales.

Es importante destacar que pueden tener un componente emancipador cuando permiten a las sociedades avanzar sin traicionar sus tradiciones, pero ello debe estar basado en el respeto de las personas, independientemente de su cultura. La historia muestra que su evolución ha sido un proceso de diálogo y construcción global, donde las diferentes culturas han contribuido. Pero, permitir que costumbres y normas locales se utilicen para justificar la opresión y la violencia no es más que una traición a la humanidad.

En síntesis, es imperativo entender que no deben verse como un paquete occidental a imponer en otras regiones del mundo. Son una serie de garantías que reconocen la dignidad humana, ya sea en el contexto de una sociedad occidental o en una comunidad tradicional en Oriente. La lucha por los derechos humanos de las afganas no es solo una causa feminista o regional, sino un principio global que nos compromete a todos para garantizar que la humanidad avance.

Para concluir, las instituciones de justicia como el Tribunal Penal Internacional deben dejar claro que sus derechos no son un asunto opcional. Considero el llamado de Bennett: un grito que debe movilizar a la humanidad para que actúen en nombre de millones de mujeres y niñas cuyas vidas han sido reducidas en Afganistán, al terror.

Columna de Opinión e-mail: tabaresluis@coruniamericana.edu.co

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