“Cultura ciudadana es el conjunto de actitudes, costumbres, acciones y reglas mínimas compartidas por los individuos de una comunidad, que permiten la convivencia y generan sentido de pertenencia” (Corpovisionarios)”. Esta definición facilita comprender el por qué este concepto ha sido adoptado como criterio de política pública por gobiernos locales y nacionales que lo utilizan como elemento transversal para el análisis de decisiones de inversión pública y en la implementación de programas y proyectos de diferente índole. Este criterio ha estado ausente por muchos años en Santa Marta, de ahí la degradación que ha sufrido la cultura ciudadana local. Sin embargo, haciendo analogía de la popular fábula de Jaime Lopera, en este caso, la culpa no es de la vaca. La responsabilidad es tanto de los gobiernos de turno, como de la sociedad en su conjunto, cuyo lideres y élites, han optado por mantenerse indiferentes. En estudio realizado por la plataforma Preply, se midieron los niveles de educación y civismo en 20 ciudades de Colombia, en cuyo ranking, Santa Marta ocupó el peor lugar.
La cultura ciudadana es un aspecto que algunos presentan como algo intranscendente para el desarrollo y solución de los problemas de ciudad. Pero contrario a esto, hay suficiente evidencia de como la falta de cultura ciudadana se convierte en la fuente de importantes problemas que además de afectar la convivencia social, ponen en riesgo la sostenibilidad económica y ambiental del territorio.
El detrimento, o inexistencia de cultura ciudadana en Santa Marta, se ha exacerbado debido en gran medida al deficiente ejercicio de autoridad local y la falta de una política pública que propenda por el fortalecimiento del sentido de pertenencia y responsabilidad social de los ciudadanos. La ciudad no puede mantener ese nefasto legado de anteriores gobiernos que, en el lugar de ocuparse en mejorar las condiciones de vida y oportunidades para la población, se dedicaron a inocular odio mediante discursos polarizadores que terminaron casi por institucionalizar los antivalores, el abuso de poder y la cultura de la ilegalidad.
La cotidianidad urbana en la ciudad se convirtió en una actividad de alto riesgo, dada la exposición que sufre cualquier ciudadano ante conductas irresponsables por parte de a quienes parece no preocuparles cumplir normas y respetar la ley. Casi que, con complacencia de la autoridad, se normalizó la imprudencia y el abuso de motociclistas que transitan por andes y plazas, conductores que no respetan señales de tránsito, vecinos que dejan la basura en cualquier lugar y hora, recolectores de basura informales que disponen los residuos en cualquier rincón, conductores de buseta que exponen a usuarios para competir por un centavo, el taxista que cobra lo que quiere, el desproporcionado ruido de locales comerciales, etc.
El real impacto de esto se refleja en el erario, bien sea por la destinación de presupuesto público para atender el daño del bien público o por el detrimento que sufren sus arcas por cuenta de la evasión de las obligaciones de pago de usuarios y contribuyentes. Ejemplos de esto, el bajo recaudo del predial, las conexiones ilegales de servicios domiciliarios, la invasión de espacio público, el deterioro ambiental, el deficiente control de proyectos, entre otros.
Pero, este caos sirvió a unos pocos. En medio de una ciudad dividida, los grandes sacrificados fueron la participación ciudadana y el ejercicio de la veeduría pública. Como consecuencia, se multiplicaban las obras inconclusas, y sobrecostos de estas y otras, se incrementaban casi que proporcionalmente a los inexplicables patrimonios personales de altos funcionarios de anteriores gobiernos.
Ad portas de conmemorar 500 años de historia como sociedad, Santa Marta, está lejos de reflejar la madurez y conciencia colectiva que su estatus de ciudad más antigua de Colombia le impone. El mejor regalo para Santa Marta sería recomponernos como sociedad. Este proceso además del concurso de todos implicaría que, líderes y elites salgan de su zona de confort para apoyar activamente la planificación y reconstrucción de la ciudad.