Llegó la sombra nocturna del 25 de septiembre de 2024 y se llevó para la luz perpetua del paraíso celestial a Inés Lacouture de Vives: la dama, señora, doña, tía, abuela, mamá, como en los distintos sectores sociales y familiares se le solía denominar con respeto y afecto. Cualquiera de esos calificativos dignificantes acompañados del nombre de pila hubiera escogido don Miguel de Cervantes Saavedra para una de sus novelas ejemplares o algún otro notable purista de la literatura para enlucir la suya. El talante polifacético de la distinguida extinta da cabida para variados géneros novelescos: desde el austeramente clásico hasta el costumbrista y el picaresco. Recorrió largo transito vital y actuó en todos los instantes de su existencia apegada al boceto que en su autodeterminación llevaba imaginariamente para aplicarlo en su paso por el mundo.
Se adaptó con admirable naturalidad a las múltiples circunstancias favorables o adversas que el ser humano debe enfrentar en este valle universal, mientras sus pies hoyen el limo terrenal. Laboró tesoneramente siempre con la mira puesta en designios elevados. La prosperidad decorosa de la familia, a la que le dispensó su más acendrado afecto fue anhelo suyo permanente. Hizo de su vida un verdadero banquete. En los momentos de honda tribulación sacaba fuerza de flaqueza y supo soportar con el auxilio de su fe cristiana inquebrantable el dolor que le laceraba el espíritu. Y, con el temple de su temperamento acerado para bajar a tierra los rayos con los que el mundo malo quiere incinerar a los seres buenos, sabía sacar a flote la alegría que volvía a bullir en su alma. Señora activa, emprendedora.
Dadivosa, atenta, anfitriona elegante; parecía que en su casa tuviera una fábrica discreta para obsequiar flanes, pudines, tortas de panela, natillas, y otras variedades. También una heladería para regalar -unas veces- o para brindarle a sus visitas sus deliciosos productos. En no pocas ocasiones preparaba y regalaba exquisitas pastas de mango o dulces de higos, estos brotados del árbol que cultivó en el antejardín de su residencia. Tuvo vocación de Marco Polo: traspasó, hasta donde la resistencia física le dio oportunidad, las fronteras de Colombia para visitar muchos países del planeta tierra. Anécdotas muchas surgieron de sus viajes, como la peripecia que le ocurrió en Roma: que viajando en un taxi se abrió intempestivamente una puerta trasera del vehículo y la envoltura corporal de la dama ilustre detuvo su movimiento giratorio en la loza firme de importante calle de la ciudad eterna.
Católica ferviente, generosa aportadora a la causa de la formación de sacerdotes en el Seminario Mayor de la Diócesis de Santa Marta. En la retina conservamos el recuerdo de verla ingresar bien acicalada y con la cabeza cubierta con amplio sombrero, para asistir a la misa dominical. En la ceremonia eucarística de cuerpo presente, el párroco de la iglesia del Asilo Sagrado Corazón de Jesús, en la homilía, el ex rector del Seminario, un seminarista en formación sacerdotal, tuvieron palabras elogiosas para ponderar las cualidades morales y cristianas de Inés.
El Obispo de la Diócesis samaria no pudo asistir a la despedida fúnebre, pero envió mensaje escrito -que fue leído- cargado de merecidos elogios para la nueva moradora del reino eterno. Inés Lacouture de Vives, porque difuminó amabilidad y afecto, se ganó el cariño de todos lo que tuvimos el privilegio de compartir con ella su amistad, su trato, su estimación. Fue una mujer auténtica. Se esforzaba por asistir a los diferentes actos de integración social: en la Catedral, los cumpleaños, los matrimonios, los sepelios, los reinados de carnaval. Parecía que tuviera el don de la omnipresencia. Ahora está en la estancia excelsa: los bondadosos, sacrosantos, brazos de Dios.