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Escrito por:

Hernando Pacific Gnecco

Hernando Pacific Gnecco

Columna: Coloquios y Apostillas

e-mail: hernando_pacific@hotmail.com



(A los indecisos y abstencionistas, especialmente)

Colombia está amojonada dentro de cuatro sólidos hitos históricos unidos entre sí por sólidos muros que forman un estrecho cuadrilátero: el sistema feudal impuesto por la monarquía

española (modelo señor-vasallo, apalancado en la espada y la cruz); el Lejano Oeste estadounidense (justicia por mano propia, todo vale); la Guerra Fría del siglo XX (dos enemigos acérrimos en un mundo bipolar sin matices distintos); y el caudillismo (un adalid todopoderoso al que se le sigue sin cuestionamientos), herencia de la Europa de la primera mitad siglo XX que, incontenible, se expandió por toda Latinoamérica. Dentro de ese cuadrilátero hay dos fuerzas contendientes: la derecha (conservatismo y derivados), y el centro derecha (liberalismo y congéneres), que conforman un mundo bicolor (blanco y negro) donde no caben opciones distintas.
Las consecuencias han sido desastrosas: una inicua desigualdad que nos ubica en los últimos lugares del Índice Gini (algo hemos mejorado: estamos de sextos, pero hace muy poco estábamos de terceros) en un país riquísimo (tenemos abundancia de todos los recursos posibles). Peleamos el último lugar de educación en las Pruebas Pisa. El pequeño empresario debe luchar contra el estado en su diaria supervivencia mientras se protege al gran capital. El empleo, en mejoría lenta pero sostenida, debe ser digno y bien pago. Y la violencia, como colofón de lo anterior, campea en todas su formas. Los economistas hacen bien su tarea macroeconómica, pero la politiquería derrocha los recursos en detrimento de las capas medias de la sociedad sobre las que recae el peso de los impuestos: los ricos tributan poco porque las leyes se fabrican a su medida, y los pobres muy poco, porque no tienen cómo.
Por fuera de ese cuadrado, hay un universo policromático plural, libertario, respetuoso, incluyente, tolerante y contemporáneo, proveniente de la Independencia de los Estados Unidos y la Revolución Francesa, donde todos caben sin problemas, incluso los opuestos. La Constitución Política de 1991, garantista y respetuosa de los derechos fundamentales, es una ventana que nos permitió asomarnos a ese mundo y sacudirnos un poco del moho del encierro: el mundo sigue evolucionando.
En la confrontación armada que vive nuestra nación, la guerrilla comunista ha sido causante de mucho dolor por su violencia interminable e indiscriminada; no se quedan atrás quienes la combaten. Pero víctimas del conflicto somos todos: los combatientes (militares, policías, paramilitares o guerrilleros) y sus familias: el dolor de un muerto o un mutilado es el mismo para cualquier madre; y la población civil, inerme y ajena a la guerra, que pone la mayoría de las víctimas sin tener porqué. Muchos recursos del erario se desperdician en la guerra inútil. Ahora, sólo quedan dos propuestas para la finalización del conflicto armado: la derrota militar del enemigo o la negociación. La guerra, en un país como Colombia, es efectiva hasta determinado punto, pero en cierto punto se estanca sin que las fuerzas regulares puedan derrotar al enemigo, como sucedió en Vietnam. Tampoco, la guerrilla, bastante diezmada y en retirada hacia los confines de la selva, ha tenido ni tiene la capacidad de vencer por la vía militar. Incluso, ni en las urnas puede: no tenemos vocación de izquierda, como lo demuestran las votaciones en cada elección; tampoco, por arte de magia, podrán sacar electores de la manga. Menos, sin propuestas serias, positivas y contemporáneas.
Estamos ad portas de un proceso histórico. En pocos días elegiremos al presidente de Colombia entre dos opciones claramente definidas: el candidato Zuluaga, opción claramente derechista, y el presidente Santos, de centro derecha con algún talante liberal. En lo macroeconómico se parecen mucho: han sido ministros de hacienda, siguen el Consenso de Washington y las recetas de la Escuela de Chicago, etc. En lo micro, son diferentes: Zuluaga es neoliberal y Santos, sin ser socialdemócrata, ha tenido políticas más redistributivas. Las campañas que apoyan a los dos candidatos también difieren sustancialmente. En el asunto de la guerrilla, el Centro Democrático de Uribe optó por el camino de la pax romana, esto es, la derrota militar del enemigo para sentarse a negociar (la adhesión de Martha Lucía Ramírez les hizo cambiar de idea y ahora se subieron al bus la negociación para terminar el conflicto), mientras Santos está embarcado de lleno en los diálogos de paz de La Habana. Zuluaga plantea regresar a la diplomacia dura con Venezuela, mientras Santos le ha bajado el tono a las difíciles relaciones con el gobierno del país vecino.
En este momento, los que van a sufragar ya decidieron. Personalmente hubiera preferido candidatos del universo exterior, pero sólo tenemos esas dos opciones. Apreciado lector y potencial elector: si usted está indeciso porque no le convence ninguno, o cree que no vale la pena votar, reconsidere sus posibilidades. La única manera de buscar un cambio es mediante el voto. Vote por quien quiera, en blanco si lo prefiere, pero participe. El futuro de Colombia está en su tarjetón. Participe y elija la opción que considere más conveniente, pero hágalo.



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