Gabo y Cheo, Caribes inmortales

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Escrito por:

Hernando Pacific Gnecco

Hernando Pacific Gnecco

Columna: Coloquios y Apostillas

e-mail: hernando_pacific@hotmail.com



El 17 de abril de 2014, Jueves Santo, parte Cheo de este mundo y, unas horas después, lo seguiría Gabo por la senda ascendente de Remedios la Bella a la que escarabajos y camelias le trazaron el camino. Gabo, con sus mariposas amarillas revoloteando a su alrededor en espirales interminables, irá a los aires más elevados donde la vista se pierde y "no llegan ni los más altos pájaros de la memoria" (1). Allí se encontrará con Cheo, el magnífico boricua que puso el bolero en las mismas alturas siderales a las que ascendió el cataquero, y hermanó el son, la guaracha y el sentimiento con la belleza incomparable del Gran Caribe. Bien dijo Rubén Blades, "Para identificarlos nunca fue necesario recitar sus nombres completos. Bastó decir, hoy como entonces, Cheo y Gabo, Gabo o Cheo, para que todos, o casi todos, supiésemos de quien se hablaba." Así de grandes, intemporales y universales fueron en vida y lo serán eternamente. Titanes del Olimpo que llegaron para ocupar lugares preeminentes entre los dioses del arte mundial, continuarán en ese ambiente mágico como su existencia y su obra. La tertulia barranquillera de Gabo con sus compinches de La Cueva, amenizada por la profundidad artística, la mamadera de gallo, los vallenatos de Escalona y magníficos acordeones, arepa de huevo callejera, Pielroja y ron.
Diría que entronicé en la obra de Gabo y Cheo por la misma época. De Cheo recuerdo un LP que aún existe, "Comin´ at you", cantando magistralmente con el Sexteto de Joe Cuba. Mucho tiempo e innumerables historias de vida después, un trabajo con Eddie Palmieri y arreglos del maestro Pacho Zumaqué, cereteano, en donde se destacan "El día que me quieras" (el famoso tango de Gardel y Lepera, en suave ritmo Caribe) y "Tenía que ser así", sus días de Fania All Star, los conciertos y la gloria después del infierno de la droga, "El ratón", "Amada mía" "Anacaona" y muchos hits musicales, el "señor sentimiento" alegrará la vida del paraíso musical con sus contertulios de la Gran Manzana, de la vieja Cuba y su Borinquen del alma.
Mi acercamiento a la obra de GGM fue gracias a "La Mala Hora", un librito Premio Esso, creo recordar que presentado en edición rustica de tapa morada que rondaba por la casa paterna. Poco después vendría "Cien años de soledad", que llegó a casa por el correo de las brujas, pues el gobierno de entonces, pacato y clerical, lo había bloqueado en las aduanas. En mi incipiente adolescencia no lo entendí mucho y recurrí a un oráculo confiable y certero: mi tía abuela Graciela Montero, quien me despejó las telarañas de los secretos del magistral libro, arcanos no siempre dispuestos al escrutinio ajeno. Al releerlo descubrí el mundo que no encontré en la primera lectura, mágico pero estructurado, personajes verdaderos de carne y hueso, tangibles en la genealogía del Gran Magdalena, maravillosamente reseñados por la memoria de Graciela. Supe que mi tía Tulia Linero, mandona y atrevida, en Aracataca, donde residió por esas calendas, había exigido a la madre de Luisa Santiaga que la enviaran a estudiar a Santa Marta "para que no se quedara bruta", coincidiendo con el exilio forzado por los amoríos de la hija del Coronel Nicolás Márquez con el telegrafista del pueblo, repudiado inicialmente por ser hijo de madre soltera, militante conservador y mujeriego confeso; que José R. Durán Porto, hijo del General José Rosario Durán (uno de los fundadores de Aracataca), fue gran amigo de Gabo y que su hermandad creció en los tiempos de penuria del reportero en París cuando la dictadura de Rojas Pinilla cerró El Espectador y el desempleo forzado en esas lejanías europeas le obligó a rebuscar alimento y refugio en sórdidos lugares parisinos, donde su raída figura más parecía la de un argelino independentista que la de un reportero colombiano, según decía Plinio Apuleyo Mendoza; y que mi tía Olga Linero de Durán, la esposa de José R, le abrió las puertas de su vivienda y su despensa luego de un encuentro improbable en el Barrio Latino de París. "Qué chiquito es el mundo", dijo José R, al encontrarse con su amigo. "No es que el mundo sea pequeño, es que Aracataca es muy grande", respondió Gabo, que siempre alejaba la brumosa melancolía con la mamadera de gallo caribeña.
Ambos, Gabo y Cheo, conocieron la miseria del infortunio y el abandono de quienes fungieron de amigos; los verdaderos, muy pocos, estuvieron siempre ahí, como sucede siempre. Ambos escalaron a las cimas de la gloria, y siguieron refugiados en la timidez propia del Caribe, que se sublima con el arte. Hoy, gloriosos, se elevan inmortales para alegría del mundo entero. La memoria fue una constante en la obra de Gabo: José Arcadio Buendía quiso inventar una máquina de la memoria y es lo que tendrá la humanidad para recordarlo por su grandeza.
(1) Frase tomada de Cien Años de Soledad.



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