¿Síntoma o enfermedad?

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Escrito por:

Hernando Pacific Gnecco

Hernando Pacific Gnecco

Columna: Coloquios y Apostillas

e-mail: hernando_pacific@hotmail.com



Las noticias producen escalofrío. Violencia intrafamiliar creciente; escalada de ataques con ácido; guerra interminable; delincuencia desbordada y muchas otras plagas sociales. Algunos miembros de la fuerza pública son sorprendidos dirigiendo bandas delincuenciales. Las guerrillas masacran a civiles ajenos al conflicto y a los agentes del Estado en indefensión total. En el Casanare los animales fallecen por una sequía desértica en lo que fue un caudaloso manantial; los mares agonizan lentamente por la contaminación y los habituales derrames de carbón y otros minerales nocivos. El río Magdalena, hoy convertido en la cloaca nacional, es un cadáver andante como casi cualquier cuerpo de agua en Colombia; padecemos sed al lado de nevados que pronto serán un recuerdo en las fotos, mientras se acelera la destrucción de los recursos vitales para obtener minerales. La corrupción y la ineptitud parecen asentarse definitivamente en las dependencias estatales. La polarización política avanza incontenible; la campaña presidencial se llena de propaganda negra y vainazos a "twitterazo" limpio sin debate alguno. Los candidatos no son visibles en medio de una frialdad esteparia y el escepticismo generalizado de los potenciales electores. ¿Qué está sucediendo en Colombia? Las cifras pueden ofrecer algunas luces.
El presupuesto nacional lo encabeza el gasto militar, seguido muy de cerca por la educación; un poco más lejos, la salud. Sumadas la Rama Judicial y la Fiscalía con la Justica y el Derecho, apenas sobrepasan el 10% del gasto nacional. Portando el farolito están Ambiente y Desarrollo Sostenible, Ciencia y Tecnología, Cultura, Deporte y Recreación, que entre todas no suman el 1% del presupuesto. ¿Cómo no tener la violencia disparada cuando el gasto militar consume un 18% del presupuesto? Desde luego, en parte es la respuesta a la subversión y a la delincuencia desbordada que exige contención y, en parte, porque nuestro modelo social reclama represión como respuesta inmediata y directa a los problemas comunes: bolillo, cuando no plomo, y cárcel para todo. A menos educación, más violencia, más represión armada; escasea el dinero para educación, entonces hay más ignorancia y, consecuentemente más violencia: un círculo vicioso interminable. Al contrario, cuanta más educación, mejores indicadores de vida. Por ejemplo, Finlandia solo consume el 1,5% de su PIB en gasto militar, es el país más transparente del mundo y dispone del mejor sistema educativo. En Colombia, economía ascendente, la desigualdad es vergonzosa y la corrupción, progresiva; también, cuenta una de los peores sistemas educativos del planeta y una violencia sin límites. Y me pregunto: ¿qué clase de educación recibimos y con cuales propósitos? Porque recursos hay, en suficiencia. Por otro lado, Minhacienda lo dice: no hay dinero para Ciencia y Tecnología, tampoco para Recreación y Deporte, menos para la Cultura. Lo que en los países avanzados es fundamental, acá no es prioritario. El gran problema ambiental, disparado por la minería, quedará irresoluto ante la anemia de recursos para Ambiente y Desarrollo Sostenible, y al carecer de fondos para este rubro, entendemos las secuelas del devastador paso de las locomotoras, alimentadas de un combustible verde: el dólar.
Las consecuencias para la salud mental de las personas involucradas en esa tórpida vorágine social son previsibles, con los corolarios previstos. Sitúe el origen de la violencia en cualquier punto de la línea del tiempo y siempre encontrará un conflicto social presente. ¿Son entonces los autores de los delitos mencionados arriba los causantes de la violencia, o más bien el producto de una sociedad gravemente enferma? Aquello tenido por "socialmente correcto" provino de ultramar y fue implantado durante siglos de colonización física y mental. Es una herencia pesada, con aspectos positivos, pero muy difícil de sostener en estos tiempos libertarios; merece una revisión profunda, autocrítica social y remedios concretos y efectivos. La educación monástica de otrora nos enseñó el dualismo entre el bien y el mal, según el cual los "buenos" aceptan el statu quo (con sus aciertos y errores y, también con sus cuadrículas y contradicciones), y los "malos" son quienes divergen de ese criterio, y merecen castigo. Pensar diferente, ser distinto o tener convicciones propias es sencillamente "inapropiado", por tanto motivo de rechazo social y persecuciones de toda índole.
Los gobiernos carecen de autocrítica y se ponen a la defensiva ante el clamor social de cambio, mientras "panem et circenses" copan la agenda de distracción. Las soluciones son claras: educación, educación y más educación, pero de calidad, contenidos acordes con metas elevadas en investigación y desarrollo pensando en más oportunidades y mejor futuro para los colombiano. Pero ni la educación tiene efectos inmediatos ni los gobiernos parecen tener interés en formar ciudadanos de bien. Tampoco, en reducir la desigualdad o promover la creación de empresas o empleos que contengan indicadores de bienestar. Los esfuerzos por conseguir la paz son atacados por las extremas interesadas en continuar el conflicto, más popular tal vez cuando no se visualizan mundos nuevos y diferentes. ¿Tendrá razón Erasmo de Rotterdam cuando afirma que felices son los hombres cuando viven arropados por la necedad?



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