El martillo de las brujas

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Hernando Pacific Gnecco

Hernando Pacific Gnecco

Columna: Coloquios y Apostillas

e-mail: hernando_pacific@hotmail.com

El Languedoc -sur de Francia-, con extensísimos viñedos que enmarcan las ruinas de castillos medievales y acueductos romanos, es una meca para los estudiosos del catarismo, de sus historias y leyendas; allí transcurrió uno de los más escalofriantes episodios de la humanidad cuyas devastadoras consecuencias aún perduran.

Hacia finales del siglo XII, el Papa Inocencio III inicia la persecución contra los cátaros (también conocidos como albigenses, por el burgo de Albi). El choque entre las creencias de los occitanos y la doctrina paulina de Roma conduce, poco tiempo después, a la inquisición que desatarían en la región los frailes castellanos Domingo de Guzmán (fundador de la orden de los dominicos) y Diego de Acebes. Unos años antes, Henri de Marcy, legado del Papa Celestino III, había calificado a esas poblaciones de "Satanae" (sedes de Satán); la famosa "satanización", como hoy se le conoce. Inocencio III, de familia feudal, entendió que la poca instrucción de los clérigos católicos y la carencia de abadías habían abierto espacios a los cátaros, bastante más cultos; creía también en la virtud de las armas cuando estaban bendecidas y guiadas por Dios. En 1198 ordenó a sus obispos en la región a señalara los cátaros como "herejes"; al año siguiente equiparó el "sacrilegio" albigense con crímenes de lesa majestad, siguiendo con la proscripción, interdicción, confiscación de sus bienes, excomunión, obligación de obediencia a Roma y, más tarde, la eliminación física por los ejércitos reales de Francia. Los anatemas del Papa y el inmediato apoyo del rey Felipe II Augusto y todos los nobles del reino produjeron la "Cruzada Albigense", la única dirigida contra otros cristianos, que exterminó a muchos miles de cátaros. El objetivo de las cruzadas era recuperar para el papado la Tierra Santa, en poder de los "infieles" musulmanes. El papel de Domingo de Guzmán intentando la conversión de los cátaros pasó de la predicación persuasiva a la tortura sanguinaria, como lo expresa el cuadro "Auto de fe", del pintor renacentista Berruguette, expuesto en el Museo del Prado.

Hacia 1249, la ya poderosa inquisición se instala en el Reino de Aragón; es el primer tribunal de corte estatal. Dos siglos después, junto a la de Castilla, conforman la Inquisición Española, controlada directamente por la corona. Tomás de Torquemada la extendería a la América hispana, tal vez para siempre, en México, Lima y Cartagena de Indias. Dos inquisidores alemanes, Heinrich Kramer (conocido también como Heinrich Institoris) y Jacob Sprenge, redactan en 1486 un opúsculo, Malleus Maleficarum (El Martillo de las Brujas), rechazado inicialmente por la Universidad de Colonia y la Inquisición misma por la brutalidad de sus métodos, por ilegal y carente de ética, y por tener una demonología bastante discordante con la doctrina católica. La reciente invención de la imprenta por Gutemberg permite su rápida difusión; entre 1487 y 1520 la obra (si es que le viene ese nombre), una juiciosa recopilación de los trabajos de Visconti, Johannes Nider y otros, fue publicada unas 13 veces y, entre 1574 y 1669, unas 16 veces. Pocos sabían de la desaprobación oficial y la obra crecía en popularidad gracias a que estaba en boga la cacería de brujas. Era aplicado por igual entre católicos y protestantes, y casi todos los castigos recayeron en mujeres. En esa obra, eran acusadas de practicar infanticidio, canibalismo, realizar hechizos malvados para lastimar a sus enemigos y causar en los hombres impotencia y distintos males. Fue, después de la Biblia, el libro más vendido de su época, y la guía más influyente para perseguir y torturar a herejes y brujas.

Einstein afirmaba que la estupidez humana no conoce límites, y "obras" como ésta y sus adeptos lo prueban fehacientemente. El Malleus Malleficarum dejó hasta el siglo XIX una oprobiosa estela de más de 500.000 "brujas" asesinadas con beneplácito oficial. Tras su implantación, a las pocas semanas en Génova condenaron a la hoguera a 5.000 mujeres y 7.000 en Trier. El famoso Juicio de Salem (USA) castigó a 400 mujeres con las penas de hoguera y degüello frente a fanáticas masas enardecidas y ciegas, en histeria colectiva; sólo 150 fueron, "benevolentemente", enviadas a prisión. Hoy, cuando ciertos medios masivos de comunicación excitan lascivamente los instintos primarios de las masas mediante noticias exultantes de morbo, vemos con preocupación que buena parte de la humanidad sigue sumida en el oscurantismo del Malleus: solo han cambiado las formas. Los medievales creían honestamente en sus brujas, quimeras y demonios, en hechicerías y exorcismos; hoy, con nombres diferentes, creemos en los nuestros y los perseguimos igual que durante el oscurantismo. Ellos pensaban en la redención de las almas mediante el fuego salvador de la hoguera infernal. Hoy, los dogmas y doctrinas se parecen demasiado aunque los métodos y los personajes, igual de primitivos, sean otros. El Martillo de Kramer y Sprenge no ha dejado de aplastar a "brujos y herejes", para beneplácito de muchos y tristeza de la civilización.

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