Zapatero a tus zapatos

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Hernando Pacific Gnecco

Hernando Pacific Gnecco

Columna: Coloquios y Apostillas

e-mail: hernando_pacific@hotmail.com

Cuentan que Apeles, célebre pintor griego, expuso algunos cuadros en la plaza pública para recibir directamente la opinión de los parroquianos. En una de las imágenes se representaba a un hombre calzado; un zapatero que miraba la obra hizo juiciosas observaciones acerca de las sandalias allí dibujadas. Apeles, acogiendo el comentario del experto, rectificó la pintura y volvió a exponerla en el mismo sitio.

El zapatero, viendo que el pintor respetó su explicación, extendió sus críticas a otros aspectos del cuadro. Apeles, enojado, pronunció las célebres palabras: "zapatero, a tus zapatos". Esa sabia sentencia de milenaria trascendencia, cierta o no, ha servido para poner en su lugar a muchos que incursionan con poses de sabiduría en asuntos que desconocen.

Traigo a colación la historia cuando me entero de la aspiración a una curul en el congreso de célebres personajes ajenos al trasegar en las aguas turbulentas de la política colombiana: el exgeneral Freddy Padilla de León por el partido de la U, y Pedro González "Don Jediondo", el profesor Gustavo Moncayo y "paché" Andrade por el partido liberal, faltando aún "datos de otros municipios". La salvaje cacería de votos a todo costo en medio de la apatía y la indignación que despiertan en el electorado muchos candidatos de los desdibujados partidos políticos colombianos, casi todos de brumosas y acomodaticias fronteras ideológicas, les llevan más a parasitar la popularidad de ilustres personajes públicos ajenos ala legislatura que apelar a doctrinas partidistas o lineamientos ideológicos para cautivar al votante, apartando a sopapo limpio a los tecnócratas, desconocidos y sin votos pero preparados para tomar las riendas del legislativo nacional y los intereses que allí se cuecen, no siempre claros.

Populismo electorero que devela el poco respeto de las altas dirigencias por los electores, la inaceptable manipulación mediática para cambiar la intención de voto y meterle el efecto ferrocarril, y la pobre auto percepción de quienes caen seducidos por el canto de sirenas de las camarillas electoreras. Lúcida decisión del "pibe" Valderrama renunciando precozmente al seductor espejismo de astutos y sinuosos personajes; Falcao García protesta vehementemente por el manoseo de su nombre que hacen algunos politiqueros insolentes.

Las figuras descollantes de la vida nacional, claro está, son admirables en sus profesiones u oficios, con logros que merecen el mayor respeto. Pero de ahí a dar pasos en direcciones seguramente equivocadas hay un largo y culebrero trecho que deberían pensar detenidamente en recorrer.

La democracia en exceso no siempre es sana virtud. Una de las pocas fallas de la Constitución Política del 91 fue eliminar las calidades para acceder a cargos públicos de elección popular, buscando la plena participación ciudadana. Pero Colombia, la magna empresa, debe ser manejada por gentes preparadas para ello, o curtidas en esas lides mediante una carrera política. Entre los delfines y los súbitos irruptores, los gobiernos se nutren de protagonistas cuestionables que terminan manejando los destinos de todos, con desacierto o con mañas. No imagino a Lucho, lustrabotas borrachín que llegó al Concejo de Bogotá aupado por la politiquería, o a los numerosos deportistas o faranduleros que sin pena ni gloria pasaron por el Congreso, dirigiendo firmas comerciales destacadas, ni aun en demenciales raptos de democracia empresarial de los accionistas. Porque, a fin de cuentas, la responsabilidad de los recursos ajenos es enorme, excepto cuando de lo gubernamental se trata, según nos demuestran quienes dirigen la cosa pública.

Las diferentes profesiones y oficios deben tener representación en los órganos de gobierno competentes, claro está: todos debemos ser oídos y atendidos, pues a fin de cuentas, los elegidos para esos cargos son nuestros empleados. En ellos depositamos la confianza mediante un voto, y deben respondernos con resultados y transparencia, como en cualquier empresa. Lo que no está bien es pasar de los escenarios laborales, cualesquiera que sean, a los estrados del Congreso en función de expedir normas cuando poco se sabe de la hermenéutica legislativa, o los vericuetos parlamentarios. El mejor profesional no será un gran dirigente corporativo sin la preparación adecuada; la mera intuición y los éxitos antecedentes no bastan.

Hoy, los funcionarios públicos nombrados en cargos de dirección y confianza deben acreditar título profesional, especialización, conocimientos administrativos y jurídicos, y preparación en dirección del Estado, requisitos que buscan seleccionar personas idóneas para el puesto. Entonces, ¿por qué no aplicar esos criterios a los cargos de elección popular, como sabiamente lo establecía la Constitución del 86? Los dirigentes políticos tienen el deber moral de promover a los mejores ciudadanos para los cargos críticos de dirección estatal o de legislación. Del mismo modo, quienes no están capacitados para ejercer cargos públicos deben dar un paso al costado, no solo para abrirles caminos a los capaces sino para proteger una imagen que mucho les ha costado construir.

Apostilla: Ilustres personajes de fino verbo, víctimas de la violencia como muchos colombianos del común, desde elegantes oficinas protegidas por ejércitos pretorianos, señalan demonios ficticios para clamar venganza por interpuesta persona. No, señores. Colombia merece gestos magnánimos de ustedes. Basta de violencia.

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