En el prólogo de Del amor y otros demonios, novela que leí por primera vez en julio de 1994 (durante el primer Mundial de fútbol gringo), Gabriel García Márquez realizó una de sus más grandes manipulaciones verbales de la realidad.
La primera había sido al esparcir y mantener por décadas la especie de que había nacido en 1928, cuando la fecha real es de 1927. Menos por vanidad que por cálculo político, se quitó un año para que el marzo de su natalicio cuadrara con el diciembre de la Masacre de las Bananeras. No fue un embuste fundamental, es cierto. La segunda magna falsedad que se le ha identificado tampoco sería estrictamente tal, pues, como la del año de su venida al mundo, una vez más trató de coser páginas de su vida a su propia obra, como si fueran otro capítulo.
En el preámbulo de Del amor y otros demonios, título injusto para un contenido fecundo, el escritor colombiano afirmó rotundamente que, cuando era periodista joven en Cartagena de Indias, concretamente el 26 de octubre de 1949, su director lo envió como quien no quiere la cosa a ver qué pasaba con el vaciado de las criptas funerarias halladas en un convento colonial que es hoy un hotel de lujo. No fue sino a partir de una críptica respuesta de García Márquez, dada durante una entrevista concedida al periodista Ernesto McCausland, y medio engavetada, cuando entendimos que los detalles tan precisos de aquella introducción literaria podían ser parte de una mentira exquisita. No lo dijo exactamente, y no es fácil historiar el hecho del convento, pero hay un detalle complementario.
Según un acucioso investigador, hacia la última semana de octubre de 1949 Gabriel García Márquez sí que cubrió una noticia turbia en la capital de Bolívar, también relacionada con el crimen en contra de un niño; pero no existe prueba, distinta del testimonio del propio escritor, de que hubiera habido hallazgos fúnebres masivos (o de una marquesita muerta dos siglos antes de esa época) el 26 de octubre de 1949, en el hospital de Santa Clara. Si a esto se suman las primeras razones que García Márquez le dio a McCausland en 1994, pues lo que tenemos evidenciado circunstancialmente es, no ya una invención, sino una flagrante reescritura de la historia oficial que ha terminado por afectar hasta a los guías turísticos que explican la ciudad de las murallas a cultos y desprevenidos por igual.
Así como Mario Vargas Llosa demostró la tesis de que en la ficción de calidad hay verdad verdadera, y por eso la literatura no es mero entretenimiento para quien la escribe, o quien la lee, ¿podríamos confiar en que, en la fábula individual que excede la autoficción, por involucrar temas de relevancia social mientras se cuenta lo personal, hay autenticidad, al menos una muy especial? Obviamente, la cuestión sobrepasa la libertad habitual del lector para elegir en qué cree y en qué no; y también va más allá de la solución de falaz inspiración tolstoiana, según la cual en Guerra y paz dizque se narran batallas ficticias. Acaso el matiz fundamental tenga que ver más con la añoranza de magia: “Todo eso sucedió en la novela”, apostilló García Márquez a McCausland en aquella entrevista, en el mismo año de publicación del libro. ¿Por qué, si nos dice la verdad a la cara, preferimos creer en la mentira?