Bienvenidos los inmigrantes

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Escrito por:

Hernando Pacific Gnecco

Hernando Pacific Gnecco

Columna: Coloquios y Apostillas

e-mail: hernando_pacific@hotmail.com

La semana pasada, en el diario El Espectador, José Fernando Isaza hacía unas interesantes reflexiones acerca de las inmigraciones desde y hacia nuestro país, promoviéndola con justa razón. Más allá de los argumentos en los que sustenta su escrito, es atrayente explorar la importancia que para una nación tiene la inmigración; incluso, el movimiento interno desde sus regiones. Las comarcas de Colombia, históricamente separadas por una geografía escabrosa de enormes cordilleras, espesas selvas, extensos desiertos, caudalosos ríos y vastos sabanales, se desarrollaron casi aislada y autónomamente desde la colonia hasta mediados del siglo pasado, cuando las vías terrestres y la aviación mejoraron el mutuo contacto, con el consecuente enriquecimiento cultural mutuo.

Basta oír las historias de antaño: ir de Santa Marta a Barranquilla era una aventura que tardaba casi un día, pues no existía la actual carretera; el Río Magdalena siempre fue un obstáculo hasta 1.974, cuando se inauguró el puente que conecta a nuestro departamento con el Atlántico. Ni hablar cuando había que salir de "la provincia" a Barranquilla; podían pasar días enteros. Escalona lo muestra de manera magistral en "El testamento". No había, pues, integración entre las regiones de Colombia, y se miraba con recelo al fuereño. Si la endogamia étnica y cultural interna era fuente de odiosas xenofobias que impedían conocernos, aceptarnos e integrarnos, qué decir cuando gentes de insólitos nombres, extraños lenguajes y costumbres ajenas empezaron a poblar muchas ciudades desde el siglo XIX. Sucedía aún en ciudades costeras acostumbradas al marino extranjero, y es quizá la génesis del actual temor al forastero.

Nuestro litoral Caribe recibió a miles de inmigrantes de diversas nacionalidades, y el Río Magdalena llevó a muchos de ellos por toda la geografía nacional a través de sus aguas y sus afluentes. Descontando la época de la colonia, los ibéricos tienen cifras importantes en el censo de extranjeros, en particular durante la dictadura de Primo Rivera y la Guerra Civil Española. El clero hispano suma muchos inmigrantes desde siempre; educadores y artistas encontraron terreno fértil por la facilidad del idioma y la bonanza económica colombiana de entonces.

Italia pone una cuota significativa, especialmente después de la reunificación, cuando no daban tregua las persecuciones vaticanas a judíos y miembros de las sociedades secretas que ayudaron a forjar una nueva nación. Las Antillas recogen a muchos judíos del Sefarad que huyen de la Santa Inquisición, y tiempos después, entran a Colombia por la Guajira especialmente: de ello dan fe los numerosos apellidos de ese origen que hoy hacen parte de la vida nacional. Los pogromos europeos sacaron a judíos, gitanos y otras etnias de varios países, y muchos vinieron a dar por estos lares. En los estertores finales del Imperio Otomano, a finales del siglo XIX, el gobierno turco expidió pasaportes a ciudadanos de Siria, Jordania, Líbano y Palestina, sometidos a la jurisdicción de Turquía, para que salieran de ese país con destino a América; muchos barcos entraron al país por Puerto Colombia cargados de miles de "turcos" (por lo del pasaporte) que poblarían la Costa Norte, las Sabanas de Bolívar y el recorrido del Río Magdalena.

Los yumecas, traídos del Caribe por la United Fruit Company, constituyen una importante colonia. Se sumaron gentes de otras nacionalidades, menos numerosas pero igualmente importantes, como alemanes, franceses, holandeses, chinos, polacos y, más recientemente, cubanos y venezolanos que desertan de sus satrapías, amén de los ecuatorianos, algunos japoneses, y argentinos, uruguayos y chilenos que evadían a los sayones de las crueles dictaduras militares sureñas. Profesionistas, intelectuales, artistas, educadores, comerciantes o industriales: todo un catálogo de gentes bien preparadas, conocimientos distintos y aportes pendientes, sin desconocer que también arriban unos cuantos indeseables.

Las migraciones a Colombia, salvo la colonización española y la esclavización de los africanos, han sido pacíficas y, en cierto modo, voluntarias. A cambio de las contribuciones de los inmigrantes, nuestro país ha tenido xenófobos seudointelectuales que, con argumentos absurdos, han influido negativamente en la inmigración y en la adopción de foráneos, incluso mediante tortuosas leyes; temen ser desplazados por los recién llegados, tal como pasa en la Europa moderna. A pesar de ello, no cabe duda alguna de su positiva presencia en Colombia en artes, ciencia, cultura, industria, comercio, política y en casi todas las actividades posibles, incluso las vergonzosas. Cuando uno escucha el himno nacional, oye música, admira la arquitectura, se solaza con el arte, compra en supermercados, toma cervezas o vuela en un avión, quizás no tenga presente que muchos extranjeros contribuyeron a ello, y lo siguen haciendo.

Los inmigrantes traen culturas, costumbres, conocimientos y pensamientos que enriquecen los nuestros y, entre otras cosas, generan empleo y riqueza. Son muchos los ilustres apellidos que no caben en ésta breve nota, y sería injusto mencionar unos pocos de tantos que han iluminado el firmamento del intelecto, el deporte y todo en cuanto participan: los que lo han ensombrecido no alcanzan a tapar ni a la más insignificante luminaria.

Bienvenidos los extranjeros de bien, no importa de donde vengan, y que sigan engrandeciendo tanto a sus orígenes como a su nueva patria, Colombia. A fin de cuentas, todos acá provenimos de inmigrantes.

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