El hallazgo definitivo

Columnas de Opinión
Tamaño Letra
  • Smaller Small Medium Big Bigger

Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



No tengo manera de saberlo, pero “La imaginación gobierna al mundo”, como sentenció el voluntarioso Napoleón, quizás se hizo piedrecita de molestia en la mente de Albert Einstein que lo impulsara a atemperar a otros científicos con una perla que bien parece el corolario de la ordenanza napoleónica: “En los momentos de crisis solo la imaginación es más importante que el conocimiento”. Fue acaso esto mismo lo que el técnico de Argentina, en la final del mundial de fútbol de 1978, insufló en sus hombres cuando el partido estaba enredado ante los entonces autodenominados holandeses. Tiempo después, el capitán argentino Daniel Passarella contó que César Menotti apenas les pidió que buscaran dentro de sí, para ganar, aquel divertimento de juego juvenil que alguna vez sintieron.

En semifinales de la Copa de Campeones de Europa que cerraba en 1989, enfrentados el Real Madrid y el AC Milán, el mediocampista Carlo Ancelotti, a la fecha jugador de los lombardos, metió un derechazo desde unos cuarenta metros que dejó al guardameta Buyo noqueado moralmente, de lo cual tal vez este no tuvo oportunidad de recuperarse, como lo prueban los adicionales cuatro goles italianos de la noche. Casi nunca los que fueron buenos futbolistas resultan estrategas de peso; Ancelotti es, ciertamente, una excepción. Pero don Carlo también ha caído con dureza: en 2005, cuando su AC Milán tenía dominada la final europea relevante, contra el Liverpool FC, los muchachos del formado madridista Rafael Benítez equilibraron el marcador y vencieron en los penaltis.

Todo parece indicar que la charla táctica del español Benítez, durante el descanso de ese encuentro que perdían los ingleses por 3 a 0, fue clara y, los hechos hablan, bastante efectiva. Sin embargo, quienes vieron en vivo esa legendaria remontada de seis minutos en suelo turco, mientras los aficionados rojos, a pesar de las circunstancias, cantaban “Nunca caminarás solo” en la tribuna, difícilmente podrán olvidar la firme serenidad de los parcialmente derrotados frente a la adversidad. Liderados por el jugador del partido, Steven Gerrard (igual que Passarella en 1978, un capitán de veinticinco años), los británicos siguieron jugando como si nada hubiera pasado, y, gol tras gol, hasta el empate, la prórroga y los penaltis, se negaron a desconcentrarse, en tanto el AC Milán hacía crac.

Con la misma paciencia mercantil con que se construyó la conquista angla de la India, los del puerto de Liverpool le recordaron al mundo su pasado de fiereza. En la otra gran ciudad del noroeste inglés, la industrial Mánchester, hace pocas semanas el Real Madrid de Ancelotti estaba siendo sometido por el Mánchester City del catalanista Guardiola en la semifinal de la Liga de Campeones; nadie está acostumbrado a ver al gigante de Chamartín siendo tratado como a un chico. No obstante, don Carlo sabía que no había chance para nada que no fuera reacción; antes del tiempo extra, las cámaras lo captaron recordándoles a sus estrellas algo apagadas lo esencial, lo que se aprende a retener luego de las primeras decepciones: “¡Confianza, confianza!”, gritaba con emoción de italianista, rebuscando en el cuerpo y el alma la inspiración de que ya se ocuparon Napoleón, Einstein o Menotti.