Cuando se habla de empleo en Colombia, hay que hablar también de informalidad, productividad y sistema pensional. Un país donde la mitad de la gente trabaja al rebusque y desprotegida no puede tener una economía sana.
Al final, todo es una cadena: si usted vive con lo del día, con ingresos bajos e inestables, ¿cómo se le puede pedir que ahorre para la vejez o que invierta en la universidad de los hijos? No se puede planear el futuro cuando la prioridad es resolver el almuerzo de mañana. Así, la gente termina desamparada y dependiendo de un subsidio en la vejez. Me refiero a que el fracaso laboral de hoy es la quiebra social del mañana.
Por otra parte, esa eterna pelea entre el mercado y el Estado es uno de los debates peor planteados. Llevamos décadas perdiendo el tiempo preguntándonos quién debe manejar el timón, cuando la verdadera pregunta es otra: ¿qué tipo de Estado y qué tipo de economía necesitamos para generar riqueza con justicia? Una economía sin reglas se vuelve un salvajismo que concentra el poder en unos pocos, abusa del débil y abandona a las regiones que no le dan ganancias.
Pero el Estado sin eficiencia puede convertirse en burocracia, clientelismo, déficit, improvisación y corrupción. El problema colombiano no es escoger entre intervención estatal y actividad empresarial; el problema es que muchas veces hemos tenido un Estado débil y un modelo económico poco productivo.
De hecho, Colombia ha vivido atrapada entre dos simplificaciones. Por un lado, una visión según la cual todo lo público es ineficiente y la iniciativa privada debe resolverlo casi todo. Por el otro, una visión según la cual basta con que el Estado prometa, intervenga o reparta para que la economía se transforme. En mi opinión, ambas miradas son incompletas. El país necesita empresa privada, inversión, competencia, innovación y libertad económica; pero también necesita un Estado capaz de construir vías, educar con calidad, administrar justicia, garantizar seguridad, formalizar la tierra, proteger la competencia y ejecutar políticas públicas con continuidad.
La apertura económica trajo competencia, tecnología, variedad de productos y modernización en algunos sectores. Sin embargo, también expuso a industrias débiles y a un campo históricamente abandonado a competir sin las herramientas necesarias. A mi juicio, el error no fue abrir la economía; el error fue abrirla sin haber construido suficientemente la productividad interna. No se puede pedirle al campesino, al pequeño industrial o al empresario regional que compita con el mundo si antes no se le dieron carreteras, crédito, seguridad, asistencia técnica, energía confiable, justicia o tecnología.
Por eso, la estructura productiva sigue siendo el centro del problema. Tenemos un sector primario con enorme potencial, pero afectado por informalidad de la tierra, baja tecnificación, inseguridad, concentración, vías terciarias insuficientes y débil acceso a mercados. Un sector secundario que debería ser motor de empleo formal y valor agregado, pero que muchas veces queda rezagado frente a importaciones, altos costos y baja innovación. Y un sector terciario que pesa cada vez más, pero que no siempre garantiza productividad alta. En mi opinión, el país ha crecido demasiado apoyado en servicios, consumo y gasto, y demasiado poco en transformación productiva. En ese sentido, es fundamental que entendamos que, sin reglas claras, sin justicia eficiente, sin seguridad jurídica y sin confianza, no hay desarrollo sostenible.
La ecuación macroeconómica lo resume con claridad: la producción nacional equivale al consumo, la inversión, el gasto público y las exportaciones netas. Colombia ha dependido mucho del consumo de los hogares, ha usado el gasto público como motor recurrente, ha tenido dificultades para sostener altos niveles de inversión y sigue enfrentando una relación externa vulnerable. Dicho de otro modo, si el país consume más de lo que produce con valor agregado, si importa más tecnología de la que crea, si exporta demasiadas materias primas y si no logra atraer inversión productiva estable, tarde o temprano aparecen las tensiones: déficit externo, presión cambiaria, inflación importada, deuda y fragilidad fiscal.