Tríptico

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Escrito por:

Hernando Pacific Gnecco

Hernando Pacific Gnecco

Columna: Coloquios y Apostillas

e-mail: hernando_pacific@hotmail.com

Puede una persona estar en el lugar del espectro político más acorde con sus creencias. Puede confrontar doctrinas e, incluso, morir con ellas o cambiarlas en el transcurso de la vida, siempre que lo haga con el debido respeto a los demás y a la institucionalidad.

Pero es inaceptable que, cuando el país asiste a pequeños pero significativos hervores democráticos, como exguerrilleros en altos cargos de nominación o de elección popular, o una pacífica movilización estudiantil que pone en jaque al Gobierno, haya quienes aún crean cándidamente que las Farc piensan transitar caminos distintos a la violencia; tal como lo manifiestan ellos mismos, su objetivo real es la toma armada del poder.

Sus simpatizantes y auxiliadores carecen del mínimo asomo de vergüenza cuando siguen mencionado a las Farc como "subversión armada" y defienden su actuación criminal, olvidando deliberadamente que, según los organismos multilaterales, son terroristas internacionales, por lo cual no tienen estatus de beligerancia: los Protocolos de Ginebra no caben en este caso. Pero nada dicen de los derechos violados de las víctimas por parte de la barbarie guerrillera. Desgraciadamente, el gobierno anterior mandó a muchos funcionarios neófitos a turistear mientras la organización criminal hacía intensa propaganda. Los ilusos simpatizantes de otros lares todavía creen en los románticos insurgentes que reclaman derechos para el pueblo, fusil en mano.

Recordemos que el fundador de las Farc no era más que un gatillero al servicio de la política de entonces y que, unido a unos campesinos alzados en armas que reclamaban tierras y derechos, forman esa extraña agrupación que combinaba política con criminalidad. Su política ya no existe sino en la forma, pues lo que en verdad les domina es el crimen organizado.

La farándula criolla (el "jeep-set", decía el finado humorista Alfonso Castillo Gómez) se encuentra en estado de conmoción por el resultado de una innecesaria intervención realizada a una popular presentadora, que terminó afectando su ya bonita figura, tema de importancia menor frente al asunto de fondo: la irresponsabilidad de ciertas personas que, sin la debida preparación y con un desmedido afán de lucro, son capaces de realizar procedimientos que no cuentan con el sustento científico necesario, o aplicar sustancias lesivas o no autorizadas por las autoridades científicas y sanitarias para ciertos usos.

Parece que, en este caso, todo se junta dando como resultado una complicación que pone en riesgo el futuro profesional de la presentadora, con un ítem adicional: la insensatez de la paciente al acudir a ese tipo de profesionales. No se entiende cómo, mientras los entes territoriales de salud abusan de su poder con los profesionales responsables y las instituciones serias (queja sempiterna y no atendida por los entes de control en cuanto a la habilitación y acreditación se refiere), no hacen nada en el caso de personas y establecimientos que incumplen toda normatividad, especialmente cuando se trata de "milagros" terapéuticos publicitados hasta el fastidio en todos los medios. La promesa de tratamientos fantasiosos, para los que la ciencia todavía no tiene respuestas, llenan las arcas de medios masivos ignorantes e indolentes ante los terribles daños que causan esos farsantes, empezando por el económico.

Nada dicen o hacen esos funcionarios ignorantes, incompetentes y sinvergüenzas que desconocen el fundamento de la norma destinada a centros tramposos y profesionales farsantes, remedios y terapias mentirosas, y publicidad engañosa. Mientras tanto, qué les importa a ciertos personajes de la sanidad y las comunicaciones con conocimiento de pacotilla y tanta experiencia como la de quienes controlan, que el paciente se perjudique. Indiferentes, siguen percibiendo (que no ganando) un sueldo, proveniente de nuestros bolsillos.

Estamos ad-portas de la entrada en vigencia de los TLC (Tratados de Libre Comercio) firmados por este gobierno sin una infraestructura ni de lejos adecuada y, menos, decente, necesaria para adelantar el venidero intercambio comercial. El actual Ministro de Obras recibió una herencia impresionantemente precaria, insuficiente y de pésima calidad, como lo ha demostrado el invierno nacional: las montañas del país se derriten con cada aguacero, arrastrando poblaciones, ganado y cultivos; en las zonas llanas, las inundaciones hacen lo propio, trayendo consigo enfermedades y desolación.

Solo ganaron algunos contratistas y ciertos funcionarios corruptos. Las CAR no mostraron acción desde el pasado invierno, y solo hasta ahora, los entes de control empiezan a investigar. El Gobierno se niega a declarar la emergencia invernal.

¿Qué hacemos mientras tanto para sobrellevar esta cíclica tragedia? La creatividad gubernamental no da sino para poner más tributos al sufrido contribuyente, que los ve transformados en mentiras oficiales y en bolsillos a reventar, no propiamente de honesta procedencia.

Apostilla. A propósito, mientras Cartagena de Indias será certificada en turismo sostenible, en Santa Marta campea el turismo de olla. La magia de tenerlo todo y hacer todo lo posible para desaprovecharlo o destruirlo. ¿Hasta cuándo?

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