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Desde la entraña

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Soy de los que creen que, para conocer de verdad una ciudad, no basta con tomarse fotos en los lugares emblemáticos, comer las cosas que todo el mundo espera y hacerse acompañar de un local que explique los humores urbanos a su acomodo. En lugar de ello, entiendo que las poblaciones tienen ánima propia, como los seres vivos, y que esconden en su interior secretos que a pocos les es dado saber, cuan impredecible suele ser la idiosincrasia que desarrollan sus calles, plazas, fuentes e iglesias (donde las haya), pero sobre todo sus elementos perceptibles con los sentidos: olores, colores, silencios… Identificar en la memoria a un determinado lugar desde las bases de su estructura material es el privilegio concedido por la divinidad a los perseverantes del antiturismo. 

Desde luego, no se trata de enconar nada contra esos ruidosos personajes que andan grabando imágenes quietas o móviles con sus teléfonos a dondequiera que van dentro de un perímetro fijado por otros de antemano, no; tampoco sería una intención loable demeritar la capacidad de gasto en inutilidades que aquellos venidos de lejos pueden desarrollar al calor de lo novedoso (o de lo mismo de sus pueblos presentado con frescura) o de algo que sencillamente se quiere ver como original; ni podría, en consecuencia, pretender legítimamente que el argumento de la estimulación de la economía a través de la presencia de extraños entre una multitud homogénea no sea respetable. 

Eso sí, intuyo que la experiencia en la tierra recién descubierta puede mejorarse profundamente si se la considera un buen sacrificio y no un placer instantáneo; especialmente, una vez aceptado que esa vivencia individual no dejará de tener su reverbero en los demás, los sujetos pasivos de las travesías por los ignotos destinos de las exploraciones inocentes, que suelen finalizar en hastíos y cansancios. Para conseguirlo, para aprovechar mejor el desplazamiento entre climas, grados de humedad y de luz, se ha inventado la equiparación como llave del conocimiento: nada de lo que se ha vivido en cualquier parte de este planeta le es ajeno a ninguno de los humanos que lo pueblan. De modo que cuando alguien visita un lugar por vez primera y de repente siente haber estado allí antes, es cierto, de alguna forma ya respiró ese aire; y, al contrario: quienes ven en un visitante la silueta de un lugareño de los viejos, no se equivocan: tal es el mismo que han visto desde siempre. 

Así que no, no se puede tener, a priori, nada en contra del viajero que anda por aquí y por allá buscando divertir sus preocupaciones; pero sí que puede valorarse mejor al fuereño que pretende inmiscuirse, sin realmente hacerlo, en la problemática que la existencia les plantea a los habitantes de un espacio determinado, cuya deliciosa rutina podría verse interrumpida por las impertinencias del que se asombra con lo que se hace de otra manera, lo que se dice diferentemente, lo ignorado, incierto, imposibilitado de ser previsto o siquiera vislumbrado. Carencia de instrucciones que hace que un ciclo reinicie sin cesar, sin pedir permiso; como sucede cada vez con los años que se acaban y otros que les siguen en fría secuencia que muchos, en vano, han tratado de suspender en el aire.