Ideas para reconstruir a Colombia

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Escrito por:

Hernando Pacific Gnecco

Hernando Pacific Gnecco

Columna: Coloquios y Apostillas

e-mail: hernando_pacific@hotmail.com



Son tan graves los problemas que aquejan al país que, si comenzamos ya los cambios drásticos necesarios, pasarán décadas antes de ver resultados tangibles. Pero urge emprenderlos para no desabarrancarnos irremediablemente. La Constitución de 1991, aun con las devastadoras reformas tendientes a destrozarla, le concede a Colombia las credenciales para ocuparse en ello. El presente modelo de gobierno, que no de estado, está diseñado para mantener los impúdicos privilegios de los actuales mandatarios de todas las ramas y los entes de control de todos los niveles. ¿Qué podemos hacer?

Empecemos. El cambio está en mí y en usted como individuos, y en toda la ciudadanía que esté dispuesta a promover las reformas, no en quienes ostentan el mando. De los políticos solo espere acciones para favorecer sus intereses específicos. En general, ellos solo cambian las cosas si les conviene hacerlo; son muy pocos los que tienen reales intenciones de legislar y gobernar en beneficio colectivo, y debemos identificarlos. Usted, como ciudadano del común, solo cuenta para las elecciones, y solo vale lo que cueste obtener su voto; ni un punto más, no sea iluso. Si el partido al que usted apoya triunfa electoralmente, son ellos quienes ganan. Siga usted con su irrefrenable alegría; la felicidad es para ellos. Desde ese momento, el votante deja de existir: los celulares se apagan, los mensajes no obtienen respuestas, las oficinas construyen talanqueras infranqueables, y los guardaespaldas impiden el acercamiento a su elegido.

Entiéndalo: usted se vuelve innecesario y molesto. Adiós a aquel personaje simpático que se untaba de pueblo; se transformará en un adusto funcionario distante de sus electores, excepto cuando algún “amigo” determinado puede servir de calanchín o ganchociego para sus futuras pilatunas. Todos los honores mientras les convenga: es igualmente desechable a la hora de nonas. Deje de creer en sus consignas huecas: ¿menos impuestos, mejores salarios, más ayudas, más oportunidades? Basura. Pregúntese usted y pregúnteles a esos promeseros cuál es su proyecto de gobierno, cómo piensan ejecutarlo, cuáles serían los costos, de dónde saldrán los recursos y a quienes beneficia. Mire quienes apoyan sus campañas; no se lleve dolores de cabeza.

Abra usted su espectro de fuentes informativas; mire allende sus fronteras políticas. Los medios de comunicación mercantilizados informan a conveniencia de los mandatarios del orden nacional, regional y local. Pero existen medios alternativos neutrales o de tendencias diversas que sí informan, investigan y analizan, y muchos otros que desinforman o mienten descaradamente. Tenga cuidado: corresponde revisarlos para seguir los que resulten confiables, independientemente de su orientación política. Debemos estudiar los distintos sistemas políticos que podrían ser útiles y aplicables a nuestra nación; no se deje guiar por la propaganda de partidos, de periodistas matriculados o medios comprometidos. No seremos Suiza ni tampoco Cuba.

Cuestione todo y no trague entero. Estudie la constitución, conozca sus derechos ciudadanos, las funciones de las entidades estatales, el sistema de pesos y contrapesos, las calidades exigidas a los funcionarios que ocupan los cargos; en general, todo aquello que el ciudadano desconoce olímpicamente pero que el político sabe en detalle para medrar provechosamente en sus vericuetos.

Despójese de idolatrías, fanatismos y obediencias doctrinarias; apuéstele a la neutralidad y la objetividad. Piense en usted como sujeto social, en su familia, su entorno, su nación. Por ejemplo, si usted hace parte de alguna colectividad, examine sus políticas, su respeto a la constitución y la normatividad; observe si sus actos han beneficiado a unos pocos o a la sociedad en general, si sus líderes son ejemplo o no de transparencia. Separe la propaganda política de los hechos objetivos y cíñase a la realidad. No justifique ni ataque gratuitamente a ningún político, pero defienda la verdad con pruebas y con análisis serios. No quede en ridículo. Peor aún, si insiste en acogerse a consignas o letanías partidistas, queda como un sectario irredento.

¿Quiere usted que esto cambie, o que siga como viene? Su voto decide, y usted el quien se beneficia o perjudica. Los políticos siempre ganan.


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