Reencuentro con Cortázar

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Escrito por:

Hernando Pacific Gnecco

Hernando Pacific Gnecco

Columna: Coloquios y Apostillas

e-mail: hernando_pacific@hotmail.com

Valeria iba a pasar otro año en Francia (ya había vivido allí hacía cuatro), y me pareció espléndido que profundizara en la obra de Julio Cortázar, aquel gaucho de alma y corazón, europeo de cuna y tumba (Ixelles, Bélgica, 1914 - París, 1984), francés tardío; François Mitterand lo nacionalizó en 1979, al final de su vida.

Le obsequié a Valeria en tres gruesos tomos la colección completa de los cuentos de Cortázar, un innovador definitivo de las letras latinoamericanas.

Destacado en la narrativa corta y en la novela, no aceptaba las cosas como le fueron dadas. Más que rebeldía, era su manera de adentrarse en la vida. Una palabra podía ser el inicio de un itinerario misterioso con un destino ignoto.

París fue el refugio intelectual de aquel maestro normalista, hijo de argentinos consulares.

En Buenos Aires se sentía atrapado cuando decidió, luego del ascenso de Perón, reasentarse en Europa en 1951, gracias a una beca concedida por el gobierno francés. Su trabajo como traductor itinerante en la Unesco le permitió arraigarse en la Ciudad Luz.

Había descubierto en Argentina el surrealismo literario a partir de Jean Cocteau. Un transitorio paso por la facultad de filosofía le ayuda a desarrollar su infatigable y obsesivo interés por las letras. En Buenos Aires publica sus primeras obras, unas rechazadas y otras inadvertidas, que después de su muerte hallarían espacio en las casas editoriales.

Aún cuando estaba al otro lado del mundo, la capital argentina fue cuna de muchas de sus obras más famosas: Axolotl, Historia de cronopios y famas, la emblemática y laberíntica Rayuela, la recopilación de cuentos Todos los fuegos el fuego, La vuelta al día en ochenta mundos… Otras ciudades del orbe fueron cuna de otros importantes escritos.

Mi aproximación a Cortázar no tuvo un orden específico, y fue por la vía de sus cautivadores cuentos, leídos aleatoriamente en mi adolescencia samaria, como llegue a su obra: Axolotl, La isla a medio día, La autopista del sur, Carta a una señorita en París, Bestiario y otros. Estos escritos me condujeron después a La vuelta al día en 80 mundos, Cronopios y famas, y, por supuesto, Rayuela (además de varias de su extensa obra), que muestra de manera patente su pensamiento.

Escrita en una época de grandes cambios en el mundo que rompían los moldes del pensamiento occidental, es contemporánea con Los Beatles, el movimiento hippie, la primavera de Praga, el mayo francés, el rechazo a la guerra del Vietnam, y no muy lejana en el tiempo de los movimientos revolucionarios latinoamericanos, Rayuela es, pues, la quintaesencia del pensamiento iconoclasta de su época, de los grandes cuestionamientos tanto filosóficos como prácticos, todo un referente literario.

Acerca de su ícono, el mismo Cortázar dice: en Rayuela hice la tentativa más a fondo de que era capaz en ese momento para plantearme en términos de novela lo que otros, los filósofos, se plantean en términos metafísicos. Es decir, los grandes interrogantes, las grandes preguntas.

Cortázar va de lo cotidiano a lo profundo, de lo fácil a la aventura espiritual, de Buenos Aires a París, de lo predecible a lo contradictorio, siempre dentro de una agradable estética literaria, a veces sicológica, a veces irónica, nutrida de fuentes argentinas como Macedonio Fernández y Jorge Luis Borges, entre otros, y de extranjeros como Julio Verne (claramente visible en La vuelta al día en 80 mundos), Cocteau, Malarmé, Poe, y de clásicos como Homero, Garcilaso y Dickens. Su obra no está ajena al jazz, al absurdo o la fotografía, y puede ser difícil de visualizar para un lector desprevenido.

Novelista, cuentista, prosista o poeta; es sin duda en los cuentos donde el lector entroniza irremediablemente con este profundo intelectual, en quien lo onírico a veces no se distingue de la realidad, donde la intemporalidad toma lugar. A medida que su obra avanza en el tiempo, la complejidad aumenta sin perder la magia que atrapa al lector.

Al respecto, dijo Vargas Llosa: en los cuentos de Cortázar juega el autor, juega el narrador, juegan los personajes y juega el lector, obligado a ello por las endiabladas trampas que lo acechan a la vuelta de página menos pensada.

Y no hay duda que es enormemente liberador y refrescante encontrarse de pronto, entre las prestidigitaciones de Cortázar, sin saber cómo, parodiando a las estatuas, repescando las palabras en el cementerio (los diccionarios académicos) para inflarles vida a los soplidos de humor, o saltando entre el cielo y el infierno de la rayuela.

Al regreso de Valeria con sus libros de cuentos de Cortázar, con sus portadas desgastadas, anotaciones y subrayados como signos de viva lectura, vinieron a colación las tertulias literarias con Mireya, mi madre (lingüista de profesión y filóloga por convicción), con quien hemos tratado frecuentemente el fenómeno literario latinoamericano, y Cortázar ha sido tema obligado en esas disquisiciones.

Retomando la lectura del genial escritor me reencuentro con su magnífica y extensa obra; ahora empiezo en orden por su primer cuento: El hijo del vampiro (1937). Me esperan largas y deliciosas horas de lectura a través de los tres gruesos tomos de cuentos que fueron a Europa y regresaron, tal como Cortázar lo hizo numerosas veces.

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