Al Ándalus - Aromas

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Escrito por:

Hernando Pacific Gnecco

Hernando Pacific Gnecco

Columna: Coloquios y Apostillas

e-mail: hernando_pacific@hotmail.com



Los olores son el alma de los objetos: sin emanaciones, son entes apagados, casi marchitos. Perder el olfato es sumergirse a un mar sin sal, es mirar la vida a través de un cristal añorando el placer sibarita.

El olfato es responsable del 80% de nuestros sabores. Sin ese sentido, no participamos plenamente de la vida; corremos el riesgo de ingerir alguna toxina inadvertidamente. Si alguien se recupera de la anosmia, con el cerebro recodificado las cosas le saben distinto; por ejemplo, el chocolate puede oler a carne.

Los aromas han impulsado el desarrollo de todas las civilizaciones; ha sido fundamental el comercio de especias, té, perfumes y otras mercancías. Por ejemplo, el mundo grecorromano inició la ruta del incienso desde Asia a Occidente. Muchos siglos después, Marco Polo vuelve a comerciar productos de Asia Central y China con la República de Venecia. Cristóbal Colón llega a este continente buscando especias. Un siglo antes de Cristo, el Reino de Aksum, en la actual Etiopía, abrió la ruta marítima del comercio con la India a través del Mar Rojo. Con la aparición del islam y la conquista de España, los comerciantes árabes intercambiaron mercancías entre el levante español y Venecia, a donde llegaban procedentes de India y China especialmente. Denia y Cartagena fueron los primeros accesos árabes a la península ibérica; posteriormente, sus naves atracaban en Almería, el puerto omeya más importante entre los siglos XI y XIII, de donde partían a Ceuta, finalizando su recorrido en Málaga, ulteriormente el principal destino. Las respectivas alcazabas así lo testifican.

En la Edad Media, las ciudades musulmanas ibéricas tenían olores característicos. Murcia era ciudad rica en perfumes y pródiga en frutas. Guadix cercana a Granada, generosa en moreras y frutales. En el camino de Almería a Granada, un fragante árbol de la India (aloe indio) era considerado superior al oriental. Málaga olía a higueras; sus apreciadas cosechas se exportaban a Egipto. El perfume del clavo bañaba a Granada, procedente de la colina del Nayd. Los ciudadanos de Al Ándaluz usaban perfumes, esencias y ungüentos extraídos de cítricos, flores, ámbar y almizcle, principalmente que se guardaban en frascos de cristal, tal como lo hacen hoy en el Magreb. Las mujeres cordobesas mascaban una especie de goma para perfumar el aliento. Avenzoar y Ibn Wafid mencionan toda una gama de perfumes en sus tratados de alimentos, higiene y medicina.

Las mezquitas de Al Ándalus tenían patios de naranjos, traídos desde Asia igual que otros cítricos introducidos por los musulmanes. Su flor, el azahar, representa un olor característico de la región, especialmente en Sevilla. En esos templos confluían creyentes para la oración de los viernes y fiestas importantes. Durante esas ceremonias se quemaban especias traídas desde Oriente: árbol de la India, incienso y sándalo. Las Suras del Corán hablan de especias y perfumes en el Paraíso. Los jardines de la Alhambra son la semblanza terrenal del Edén mahometano: agua que fluye suavemente con tenue rumor, bañando a refrescantes árboles aromáticos que cobijan con su sombra: sitios perfectos para el solaz y la meditación. Alá prometió a sus fieles jardines similares donde vivirán eternamente.

En los hamman (baños árabes) se usaban jabones aromáticos, aceites y ungüentos corporales, perfumes de rosas y azafrán; las celebraciones palaciegas eran engalanadas con humo de ámbar y perfume de rosas. Los aromas de las viandas y manjares complementaban la sinfonía de fragancias. Los patios andaluces, magnánimos en macetas de flores coloridas y aromáticas, son herencia romana, magnificada por los árabes y hoy asumida como propia. Una tradición que, además de refrescar los recintos, acicala las paredes. La Fiesta de los Patios en Córdoba es todo un espectáculo digno de admirar.

La herencia de fragancias andalusíes trascendió a la cultura hispana, vino a nuestras tierras y se quedó para siempre en la cultura hispanoamericana; persiste intacta en Andalucía. Variados e interesantes resultan los aromas que identifican esa tradición.



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