De epidemias y sus demonios

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Escrito por:

Hernando Pacific Gnecco

Hernando Pacific Gnecco

Columna: Coloquios y Apostillas

e-mail: hernando_pacific@hotmail.com



La historia recuerda a James Young Simpson como el primer médico en utilizar la anestesia para asistir un parto. Simpson era criticado severamente, pues transgredía el mandato bíblico a la mujer: “con dolor parirás tus hijos”.
Pero Victoria, reina de Inglaterra y cabeza de la iglesia anglicana, zanjó la discusión cuando aceptó ser anestesiada por John Snow para los nacimientos de sus hijos, el príncipe Leopoldo de Albany, en 1853, y la princesa Beatriz, 1856. Este brillante pionero fue también un Sherlock Holmes de la ciencia médica. Estudió la epidemia de cólera de 1848 en Londres y las siguientes; con mucho tino dedujo que el problema era la ingestión de agua contaminada del Támesis y de la fuente de Broad Street en la zona sur de Londres. Demostró su teoría en contra de la comunidad científica que la cuestionaba, pero no sobrevivió para ver aceptados sus hallazgos; murió antes de que las autoridades le dieran la razón y sellaran la fuente, y poco antes de que Pasteur descubriera los microorganismos. A Snow se le considera el padre de la epidemiología.

Pocos saben que Simpson rebatió los trabajos de Ignaz Semmelweis, llamado también “el salvador de las madres”. El húngaro descubrió que el simple lavado de manos previo a la atención del parto reducía significativamente la fiebre puerperal. La mortalidad de las maternas disminuyó del 35% al 1%, aun cuando inicialmente no pudo explicar su tesis, lo que atrajo a sus críticos. Encontró también que la mortalidad materna era 3 a 5 veces mayor cuando los partos eran atendidos por médicos en los hospitales que cuando las matronas lo hacían en las casas; los médicos no estaban dispuestos a aceptarlo. Igual que Simpson, murió antes de los descubrimientos de Pasteur y la aplicación del binomio asepsia y antisepsia en cirugía por Joseph Lister.

Epidemias y pestes han sido frecuente tormento para la humanidad. Desde los tiempos bíblicos, muchas han arrasado a un gran número de humanos y animales; las plagas de Egipto son claro ejemplo. La Ilíada menciona algunas pestes. Tucídides, a la plaga de Atenas durante las Guerras del Peloponeso, (tifo o fiebre tifoidea), que acabó con Pericles. La antigüedad soportó otras miasmas: romanos, griegos y bizantinos sufrieron viruela, peste bubónica, tifo, cólera y otras enfermedades: El Lejano Oriente y la India padecían la lepra, introducida a Europa por los soldados romanos. La peste de Justiniano diezmó severamente la población de Constantinopla; la cuota fue de 300.000 almas. Hubo otras epidemias que se extendieron por todo el Mediterráneo y después a Europa. Los remedios disponibles eran la oración, el aislamiento de los enfermos y la quema de maderas aromáticas.

La Ruta de la Seda, controlada por los mongoles, fue el vehículo para expandir la peste bubónica (peste negra) a China y Europa, pandemia que cobró 25 millones de víctimas, un tercio de la población europea para 1354; se atribuye la causa a las pulgas que residían en las pieles de los mongoles, procedentes de animales como la marta, la marmota y los zorros. Creían entonces que las plantas aromáticas y extraños pero dudosos remedios podían absorber los venenos de los bubones. El siglo XV vivió el horror de la sífilis, considerada un castigo divino por prácticas sexuales “inmorales”; el Sida de la época. En el siglo XVI, el sudor inglés afectaba a varones jóvenes de buena posición social. En el viejo continente seguían apareciendo otras calamidades. La peste blanca (tuberculosis) crece sin control por la industrialización y la densificación de las urbes en el siglo XIX; el padecimiento se ensañó entre los más pobres, a causa del hacinamiento y la mala alimentación. La fiebre amarilla y el paludismo, procedentes del Caribe, arrasaban a los europeos. El desconocimiento y el contacto sin precauciones entre las distintas civilizaciones ha sido el común denominador de las epidemias.


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