Minimalismo (I)

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Escrito por:

Hernando Pacific Gnecco

Hernando Pacific Gnecco

Columna: Coloquios y Apostillas

e-mail: hernando_pacific@hotmail.com



El epítome del capitalismo, el consumismo, es tener en exceso. Mucho más de “todo lo que necesitamos”, mucho más. El summum es el derroche de lujo, objetivo aspiracional del consumista.
Este sistema implica que los medios de producción deben ser privados; su motor es la adquisición de los productos ofertados, más allá de su utilidad o necesidad. El consumidor, entonces, debe disponer de recursos para gastar, que se derivan de una óptima remuneración a su trabajo. Cuanto más adquirimos productos y servicios, más involucrados estamos en el consumismo. Es lo que la antropología social denomina sociedad de consumo.

Después de la Primera Guerra, Estados Unidos entró en tal superproducción que los ingresos del ciudadano y la demanda eran insuficientes para absorberla; aparecen la publicidad y el mercadeo para orientar y fomentar el consumo; con ello, la acumulación de productos innecesarios, de vida muy corta y, posteriormente, la obsolescencia programada. A mayor consumo, mayor estatus social, simbolismo de poseer dinero en abundancia. El lujo se convierte en un gasto “necesario”; los bancos abren créditos y se dispara la venta de toda clase de artículos. El consumo mueve las industrias, hace crecer la economía, aparecen nuevos productos y la prosperidad se generaliza. El consumo de lujo pasa de ocasional a habitual. Tanta bonanza económica promovió el egoísmo social, derivando en una tendencia descontrolada y desequilibrante socialmente: el neoliberalismo; su hijo más perverso es el neoconservatismo.

Al otro lado del mundo, y por los mismos tiempos, el socialismo soviético promovía la abolición de la propiedad privada y la administración estatal de los medios de producción en búsqueda de una sociedad más justa, solidaria y equilibrada. El estado monopoliza todo incluyendo los medios de producción, hay planificación central, abolición de las clases sociales y, dicen, de la explotación del hombre por el hombre, un sistema opuesto al capitalista y distinto del comunismo. La utopía socialista andaba a pie, y el capitalismo en carro de carreras; la constante modernización y la aparición de novedades impactantes hicieron obsoleto ese sistema cerrado, burocratizado e ineficiente, que perdió competitividad ante el floreciente capitalismo. La caída del Muro de Berlín marcó el final del socialismo soviético. Europa, por su parte, potenciaba la socialdemocracia, que promueve la protección de los derechos ciudadanos y la justicia social dentro de un sistema capitalista, promoviendo un estado de bienestar general; la democracia representativa y la redistribución del ingreso son sus pilares. La autoridad interviene a necesidad para restablecer el equilibrio y la libertad económica: “competencia donde sea posible, planificación donde sea necesaria” era la proclama del Partido Socialdemócrata Alemán. A veces, este sistema es demasiado paternalista.

El capitalismo salvaje, el lucro por el lucro, se apartó de los postulados capitalistas iniciales y ha hecho agua; es tan insostenible hoy como lo fue el socialismo soviético. La búsqueda del máximo rendimiento para los accionistas condujo a enormes desigualdades sociales, pérdida de derechos fundamentales, laborales y pensionales, aumento de la pobreza, el crimen y el desempleo; permite la corrupción y busca eliminar los controles estatales. Chile es un claro ejemplo, pero Colombia no es muy distinta. El segundo nivel de la pirámide de Maslow, la seguridad, que incluye la propiedad privada, se ha alejado de muchos ciudadanos.

En parte por necesidad y en parte por convicción, aparece la nueva tendencia, el minimalismo, como respuesta al consumismo. Plantea reducirse a lo fundamental, aparatando aquello que se considera sobrante. Hoy, sus seguidores aumentan por todo el orbe: “Identifica lo esencial y elimina todo lo demás”; pero, lo esencial es bastante personal. El minimalismo está en contra del consumismo, no del capitalismo. Se trata de simplificar la vida, afirman; revalorizar prioridades, que cambian permanentemente. El extremo del minimalismo es desprenderse de casi todo y vivir precariamente. También, en el justo medio está la virtud.


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