¿Un ministerio del turismo?

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Escrito por:

Hernando Pacific Gnecco

Hernando Pacific Gnecco

Columna: Coloquios y Apostillas

e-mail: hernando_pacific@hotmail.com



Los viajes, decía Francis Bacon, son educación en la juventud y experiencia en la vejez. Hoy, el turismo no es privilegio de unos pocos sino una realidad al alcance de todos. Ahí está el futuro de nuestra economía. Miremos el caso de España.
Hace un siglo, los ibéricos no aparecían en el mapa de viajes hacia Europa; los destinos eran Francia, Italia e Inglaterra. Los numerosos obstáculos para ingresar y la fama de país atrasado enviaban a los viajeros hacia otros lugares. Alfonso XIII crea la Comisión Nacional de Turismo, y con la Exposición Iberoamericana (Sevilla, 1929) impulsa las visitas permanentes a España; se restauran monumentos y museos, se publican folletos turísticos y aparece la primera guía hotelera. Pero las guerras sacaron a los ibéricos del atlas turístico. Hacia los años 60, los hispanos se renuevan promocionándose como destino de sol y playa.

Tras la muerte de Franco, Juan Carlos I impulsa cambios sociales, políticos y económicos que reverdecen al turismo. Vienen consecutivamente la globalización empresarial, la democratización del transporte aéreo y el ingreso de España a la Unión Europea. El turismo se vende muy bien en renglones como el cultural, gastronómico, sanitario, académico, artístico, ecológico, empresarial, etc.

Hoy se sitúan en segundo lugar en el mundo con 81,8 millones de visitantes extranjeros en 2019, superado únicamente por Francia. Estados Unidos recibió USD 210.000 millones por turismo, seguido por España con USD 68.000 millones. Aun cuando ese país tiene importantes renglones económicos, el turismo es la locomotora de su economía; impulsa la pesca, agricultura, construcción, transporte, servicios, deporte, etc.; fue el apoyo para su industrialización y desarrollo, que trajeron mejor calidad de vida a los españoles.

México y Perú venden bien su marca país, colocándose en la vanguardia latinoamericana del turismo: son innegables sus atractivos arqueológicos, folclóricos, de arte colonial y, particularmente, la gastronomía. Brasil, desarrollado principalmente sobre las costas del Atlántico, promociona sus playas, música, fútbol y lugares reconocidos como el Cristo del Corcovado.

Costa Rica es destino principal del turismo ecológico, hoy el primer renglón de su economía. Argentina, Chile, Ecuador, Panamá, Guatemala y otros países latinoamericanos interesan mucho a los turistas europeos, particularmente en playas, gastronomía, arte, cultura, arqueología, trekking, cabalgatas, etc: un equillibrio entre naturaleza y civilización. Pero estos países han llegado al tope de sus posibilidades, y tienen crecimientos marginales en este rubro. Colombia, por el contrario, debido a su estigma de alto riesgo, no ha sobrepasado los 4 millones de turistas en su mejor momento, y ahora decrece con las nuevas violencias. Las opciones turísticas están intactas:

disponemos de una extensa y variada geografía, con dos océanos, llanuras, desiertos, valles, selva tropical, lagos, nevados, etc. Nuestro potencial es enorme: geográfico, cultural, artístico, entretenimiento, sanitario, ecológico, naturaleza, etc.; hacen incluso turismo negro de las peores épocas del narcotráfico. La gastronomía local presenta mejoras importantes con visibles deficiencias en la oferta en cuanto a novedad, calidad y variedad de nuestros platillos; también, en cantidad, presentación, ubicación de los establecimientos. La infraestructura y la organización turísticas distan de las mejores. Hay, desde luego aspectos indeseables, como el turismo sexual o de consumo de drogas: no podemos engañarnos.

Un ministerio podría ordenar el turismo, proponer nuevas políticas sectoriales, interactuar con otros ministerios, y potenciar la inversión privada para convertirnos en destino importante y en la principal fuente de ingresos. Hay que promover el turismo responsable y estimular la inversión. Pero también, corresponde acabar la guerra interna, controlar la violencia y la delincuencia, y desestimular el narcotráfico. Hay riesgos incuestionables: un ministerio es un jugoso botín para la burocracia y la corrupción.

Además, significa gastos presupuestales, pero es también una soberbia ocasión para renovar la imagen negativa de Colombia que impide el debido desarrollo turístico. ¿Cómo evitar que unos pocos privados se apropien del turismo, que debe involucrarnos a todos? ¿Cómo impedir la corrupción en esa cartera? Los retos son enormes, pero corresponde asumirlos. La oportunidad está servida y debemos aprovecharla.


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