Turismo depredador

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Hernando Pacific Gnecco

Hernando Pacific Gnecco

Columna: Coloquios y Apostillas

e-mail: hernando_pacific@hotmail.com

Hace año y medio, en mi columna “Turismofobia” mencionaba un movimiento de rechazo al turista en los más importantes destinos turísticos mundiales, particularmente al mal visitante.
El daño a locaciones y monumentos por causa de ciertos visitantes es irreparable. Por ejemplo, durante mucho tiempo, en Ciudad Perdida los paseantes se llevaban centenarias piedras de las estructuras como souvenir. En Villa de Leiva casi no quedan amonitas, arrasadas por el turismo.
¿Puede imaginar a los visitantes sacando ladrillos del Partenón o piezas metálicas de la Torre Eiffel? Inadmisible, ¿cierto?
Cusco, una verdadera joya prehispánica engastada en las cumbres andinas, sobrevivió a la destrucción de los primeros invasores españoles, quienes destruían los tempos “paganos” y, con las mismas piezas, construían iglesias católicas y edificios de gobierno. Pero en Cusco, el tamaño de las rocas y la lejanía de muchos lugares impidieron la desaparición de los monumentos incas y, ahí están, como fiel testimonio de su grandeza. Son locaciones únicas: Qorikancha, Ollantaitambo, Saqsayhuaman, Pisaq, Moray y, como no, el fascinante Macchu Picchu. A diferencia de los otros monumentos cusqueños, está construido con piedras relativamente pequeñas. Hace una semana, seis extranjeros fueron detenidos por daño a los bienes prehispánicos. Cinco fueron deportados y otro enfrenta un juicio por haber retirado una piedra que cayó de unos seis metros de altura, causando daños al centenario Templo del Sol, epicentro de Machu Picchu. Estos salvajes entraron ilegalmente de noche a la ciudadela. Además, lo usaron como sanitario para sus necesidades fisiológicas. Todo un sacrilegio, una profanación inadmisible.
La cara positiva de la industria turística se muestra como fuente de ingresos y generación de empleos, fomento de las industrias locales y de incremento en el consumo, con un extenso inventario de beneficios. De hecho, muchas ciudades basan su presupuesto en el número de visitantes esperados y el gasto promedio de cada uno, los impuestos que genera esta actividad y otros rubros importantes. Pero, lamentablemente, el turismo está llegando a sitios nunca visitados, atraídos con incentivos y propuestas que, prácticamente, no queda lugar alguno en el mundo sin la creciente presencia de viajeros. La cara oscura de esta actividad genera la mencionada turismofobia: precios altos, violación de las normas regulatorias, malos pagos a los trabajadores, parahotelería, contaminación, etc. Una cosa son los ingresos generados por los visitantes y otra muy distinta es el costo que generan, particularmente por el mal turismo.
Colombia cuenta con normas suficientes que defienden nuestro patrimonio histórico, cultural y artístico, una Policía de Turismo y un Plan Estratégico de Seguridad Turística expedido por el Ministerio de Comercio, Industria y Turismo. La observación empírica y los casos conocidos públicamente nos hacen creer que la incultura sobrepasa de largo la capacidad de las autoridades para contener las brutalidades de algunos turistas agrestes quienes irrespetan los lugares que visitan. Más aún, el descuido local en algunos destinos invita a los desmanes. Cada temporada, los centros de atención al turista en Cartagena y la Superintendencia de Comercio reciben unas 5000 denuncias por abuso en los precios, publicidad engañosa y malos servicios, algo que en Santa Marta ya se nos antoja frecuente y creciente, según querellas conocidas. La infraestructura turística nacional es deficiente en aspectos variados, y el bilingüismo es precario. Además, el excesivo número de viajeros ha puesto en riesgo muchos lugares. En Taganga hubo que impedir la llegada de más personas por una plétora desproporcionada. El daño ambiental y ecológico es incalculable. Greenpeace lo advierte.
Hay que controlar el turismo desbordado. Corresponde limitar el número de visitantes y hacer cumplir las normas rigurosamente. Por ejemplo, reservas previas, pago por la entrada a determinados lugares y playas, información clara y completa al turista, capacitación intensa a las personas del sector, optimización de la infraestructura y sanciones ejemplares a quien incumpla, como en cualquier lugar. Corresponde cuidar la gallina de los huevos de oro. Otros países lo han logrado. Nosotros también podemos. La casa debe estar en orden.
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