Otra vez el oro de Libia

Editorial
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Mientras los demás discuten sobre la forma más elegante de obtener energía limpia, hay quienes entienden que la lucha por el acceso a recursos energéticos tradicionales sigue vigente.
Si quieren cumplir sus propósitos de mediano plazo, no se pueden ausentar del concurso por asegurar su abastecimiento. Otra cosa es que, en cumplimiento de maldiciones bien conocidas, todos los interesados en las fuentes de energía como el gas y el petróleo, desde los dueños aparentes de los recursos hasta los que solo concurren a una u otra rapiña, juegan a navegar y sumergirse en aguas turbias. Y así parece que va a ser, hasta que, no se sabe cuándo, las alternativas energéticas puedan dejar atrás la era de la familia de los hidrocarburos como fuente de energía y motivo de poder y de codicia.

La trayectoria reciente de Libia es una buena demostración de lo que pasa cuando la riqueza energética, que otros no tienen, se convierte en presumible motor de desarrollo local, pero sobre todo de progreso extranjero, y por lo tanto en objeto de interferencia foránea. Así el nombre de ese país se vino a sumar a la lista de los que adquirieron relevancia internacional súbita debida al interés por los recursos que alimenten el desarrollo de otros, veneración artificial en favor de quien mantenga abiertas las llaves, condena de quien obstruya el flujo de las tuberías, intervención inclemente, destrucción de los esquemas tradicionales de organización local, indolencia ante la barbarie y uno que otro esfuerzo por ayudar a salir del caos, con tal de que los pozos sigan fluyendo.

Si no hubiera sido por su riqueza en recursos no renovables, pero indispensables para el desarrollo de países industrializados, y de muchos otros, Libia habría seguido siendo una sociedad tribal bastante desconectada de ese mundo truculento al que terminó incorporada en condición de proveedora de un recurso que le sobraba y por el cual muchos otros estaban, y están todavía, dispuestos a matar, y hacerse matar. La peregrinación de líderes extranjeros a la tienda de campaña del ahora legendario gobernante libio, Coronel Gadafi, muy elegantes y cariñosos ellos, como Thatcher, Chirac,
Sarkozy, el antiguo rey de España, Berlusconi, Blair, Fidel Castro y otros cuántos intrigantes del más alto nivel, no habría tenido lugar de no ser por la necesidad y el deseo de participar en el reparto del tesoro petrolero del norte africano.

La intervención despiadada, por parte de muchos de los anteriores, o de sus sucesores, no se habría dado de no ser por el desacomode de un régimen al que pasaron de adular y seducir a manosear y bombardear, en cuestión de poco tiempo, con la consecuencia lateral de destrozar el tinglado del poder local, para reemplazarlo por el caos. Todo en medio de la mayor impunidad, con tal de que las tuberías siguieran llenas.

El proceso de destrucción que comenzó con la caída de Gadafi, cuyos antiguos amigos pasaron a hacerlo objeto de una partida de caza, va en este momento en una división política y militar del país que presenta el espectáculo de un gobierno que controla la capital y escasas áreas de un territorio de casi dos millones de kilómetros cuadrados, y un movimiento rebelde que controla prácticamente todo el resto, salvo pequeños espacios de grupos todavía más informales.

Faye Sarraj gobierna desde Trípoli y es reconocido por unos cuántos países, además de contar con el apoyo de las Naciones Unidas e Italia, pero no tiene fuerza para derrotar a Khalifa Haftar, que cuenta con el respaldo de potencias como Egipto, Rusia, Arabia Saudita y otros.
Interesante espectáculo el de potencias no tradicionales marcando el ritmo de posible arreglo de un problema que, en la lógica de hace unas décadas, solamente habría podido ser convocado por los “grandes poderes” de entonces, mientras que Turquía y Alemania, por ejemplo, no habrían tenido chance de aparecer en primera línea.

La presencia turca, por su parte, no solamente significa un acto de vanidad política y de intento de reivindicación de su presidente, que busca la unidad nacional en torno a causas como la del ejercicio de una especie de liderazgo que no se experimentaba desde la época del Imperio Otomano. Su afiliación del lado del gobierno de Trípoli puede encontrar justificación en el hecho de que precisamente ese gobierno era el único capaz de suscribir legítimamente, frente al resto del mundo, un acuerdo de delimitación marítima que resulta favorable a la pretensión turca de explotar yacimientos de gas que cambiarían su capacidad energética.

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