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Una espiral descendente… ¿sin unidad de mando contrario?

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



El desescalamiento del conflicto militar con las Farc es señalado, por los enemigos del proceso de paz, como algo que no se compadece con la condición sine qua non que ellos solitos han establecido para siquiera negociar (desde la comodidad de un club social en Bogotá o Medellín): el cese al fuego unilateral definitivo por parte de la guerrilla.

Paralelo a eso, dicen tales contradictores, el bombardeo indiscriminado (sin que importe mucho que caigan civiles muertos), de las zonas de influencia subversiva, es lo mínimo que puede hacer el gobierno "si de verdad" quiere lograr la paz-paz, una paz a bala que presumiblemente para los guerreristas acabará con toda la problemática social que hay en Colombia, y que además lo hará de un día para otro.

La realidad es distinta. No hay que olvidar que, más allá de la tregua propuesta hace cuatro meses por las Farc, y de la cautela del gobierno en responder con gesto similar (el 10 de marzo), todavía estamos en guerra. Y tampoco hay que olvidar que de lo que se trata, justamente, es de acabar con ella.

La realidad, por dura que sea, es que no se ha terminado de negociar todo, y que, mientras eso no suceda, nada estará acordado, como lo ha mantenido el gobierno, a manera de salvaguardia contra las conocidas maniobras dilatorias de un truculento adversario.

Pero ello también implica tener que aceptar que, por más que las acciones militares de las Farc estén reducidas a un mínimo histórico, la guerra todavía no acaba, aunque tenga que acabarse: no pueden seguir muriendo soldados cuya estructura social de pobreza los forza a tomar las armas.

Sin embargo, lo más interesante no es eso. El episodio de Cauca parece reflejar un aspecto fundamental para el proceso, que ya otros habían señalado, aunque tímidamente. Cobra fuerza la idea de que el ataque de las Farc se hizo de espaldas a los jefes guerrilleros de La Habana, lo que significaría que estos no tendrían el control total de las acciones de la organización armada: en principio, el peor escenario posible.

Si esto llegare a confirmarse, surgirían al menos dos preguntas. La primera: ¿cómo afectará al proceso un cisma dentro de un grupo tan etéreo como las Farc?; y, la segunda, y tal vez más importante, porque si su respuesta es positiva, la primera cuestión deja de importar: ¿es posible que las concesiones de la guerrilla en la negociación hayan generado tal descontento interno, debido a su realismo, y que ello haya generado diferencias intestinas determinadoras de ataques saboteadores no autorizados? Se trataría, de ser así, de un efecto colateral no adverso producido por casi tres años de proceso de paz, algo tal vez no imaginado ni siquiera por el optimista Santos. Un caso clásico del viejo "divide y vencerás".

Quién puede estar seguro de nada en este país: mientras se confirma esta débil presunción, o no, cabe esperar una victoria moral para la solución negociada soportada en el ahora irreversible debilitamiento militar del ofensor.

En últimas, lo que también se ha demostrado con estas nuevas pérdidas humanas es que, como todo lo nuestro, la paz llegará más dramáticamente de lo que pensábamos: tendremos que ganárnosla con amarga paciencia.