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Noche

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Siempre me impresionó el final de María, la gran novela romántica colombiana, escrita en el siglo XIX literario europeo por un ingeniero judío-vallecaucano, Jorge Isaacs. Supongo que su lectura ya no es obligatoria en los colegios. Debería serlo.

No porque se trate el libro de un dechado de originalidad, sino para que los nuevos lectores tengan la misma oportunidad que otros tuvimos de maravillarnos, por ejemplo, con ese final tenebroso que reflejaba las emociones convulsionadas del dolido para siempre Efraín: "Estremecido, partí a galope por en medio de la pampa solitaria, cuyo vasto horizonte ennegrecía la noche". Me pregunté muchas veces por eso de la noche ennegrecida: ¿qué significaba?, ¿no es acaso la noche siempre negra? Lo que yo no sabía entonces es que puede haber noche aún en claridad.

Durante estos días camino por entre la gente adivinando sus contornos, esquivando sombras, aguzando el oído hasta sus límites, con el paso parsimonioso que nunca he tenido... Escribo estas palabras viéndolas de cerca a pesar de su ampliación a dieciocho puntos, y del 500% a que tengo sometida la pantalla del computador.

Para verme la cara en el espejo, y los ojos, sobre todo los ojos, tengo que acercarme a él y así intuir mis rasgos indefinibles. Hago lo posible por trabajar, por comer, por andar por ahí, mientras me recupero de un envenenamiento auto-inducido desde mi propia irresponsabilidad.

El domingo pasado, aburrido de la irritación en los ojos, busqué en línea los síntomas que padecía, los hice cuadrar con lo que en verdad me pasaba, leí como un estudiante de medicina la composición de los posibles remedios, anoté sus nombres en un papelito y salí a buscarlos en la primera droguería que encontré.

Una vez tuve unas de las gotas oftálmicas en mi poder, sin pensar en lo que hacía, me las apliqué; mis pupilas se dilataron hasta el infinito y ahora me muevo a tientas, en la oscuridad de una "noche ennegrecida", imposibilitado de vivir hasta que el efecto de distorsión pase, dentro de unas semanas.

No voy a venir aquí (como acostumbro, según me dicen) a culpar al Estado, a la historia, o a los demás, de algo que es uno de los errores más evidentes que he cometido: si me hubiera quedado ciego (como me dijo el médico que ha podido ser si hubiera albergado algún atisbo de glaucoma), habría sido mi entera culpa, pues ningún farmaceuta puede ser en absoluto responsable de la idiotez ajena. Eso está claro, al menos de una parte.

Ahora bien, ¿cómo diablos terminé comprando sin prescripción un "medicamento esencial" que es usado para cirugías y cuyo efecto es tan potente que basta una gótica en cada ojo para sentir su fuerza? Estoy seguro de que la joven que me atendió en la farmacia de Bogotá se esmeró muchísimo en su trabajo, buscando la cajita en esas gavetas gigantes para no quedarme mal, comprometida, viéndome padecer los ojos inyectados de sangre, queriendo ayudar al cliente que traía un folio en sus manos (¿la fórmula?, ¿tenía que pedírmela?). T

ambién estoy seguro de que si ella supiera que me vendió un compuesto que ahora me tiene cargando con cuarenta y cinco frasquitos de otras gotas en los bolsillos diría, no sin razón, que quién me manda a ser tan bruto.



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