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A dos pulgares escrito

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



En Semana Santa me gusta ver la contrición en la cara de la gente que va a las iglesias: considero entretenido mirar a los circunstanciales peregrinos tratando de borrar la culpa de sus caras a costa de rezos y de incienso. Para hacer eso que hago, hay que ser un poco desocupado (lo cual me rehúso a ser del todo), y aun así, tomarse el trabajo de ir a "los monumentos", y aguantarse al gentío apretujado y culpable, sudoroso de expiación; y entonces, en lugar de respetar calladamente la repetitiva solemnidad de las tradiciones, como otros bien lo hacen, dedicarse a ese intento de penetración en la conciencia ajena, cosa que se busca tal vez para evitar mirar a profundidad en la pesada y propia, tanto o más cargada de incorrección que cualquiera de las otras. Por lo demás, es posible que disfrute de este particular desfile del prójimo porque desde siempre me ha impresionado, y mucho, la corajuda comunión de las personas, en cualquiera de sus formas: el poder político, por ejemplo, que es como un individuo solo pretendiendo asir la fuerza total de la unidad.
La Catedral de Santa Marta fue parcialmente destruida, así como gran parte de la ciudad, por el terremoto de 1834. Allí estaba enterrado Simón Bolívar entonces, como se sabe. Luego de múltiples ires y venires de sus restos mortales, todo parece indicar que la caja metálica que aparte contenía su corazón achicharrado quedó inhumada en algún lugar de entre las naves de, esta, la capilla cotidiana. Debajo de las losas que se pisotean con estupor, tiene que estar todavía el órgano reseco que bombeara la revolución que hoy nos hace ser bastante más que el menos que seríamos sin ella. Caminar pausadamente, durante algún sereno horario pascual, en medio de las columnas y taburetes de la Mater de todas las iglesias colombianas, como reza lo alto del frontispicio, es una valiosa oportunidad para ensamblar de nuevo las piezas históricas faltantes en nuestro derredor oscurecido.
Ahora bien, que si de caminar se trata en la plenitud de los días santos samarios, ello podría hacerse, para empezar, y a cobijo del sol meridiano, tomando la transversal trazada en invisibilidad desde el templo del San Juan de Dios hasta la Plaza de la Catedral, donde estoy parado; y, a continuación, debería seguirse por las adyacentes callejuelas norteñas cuyo nombre no recuerdo a pesar de haberlas recorrido más, mucho más de un millón de veces. He mostrado esos callejones de infancia colonial incluso a alguna noviecilla de afuera como si de la gran cosa se tratara: apuesto a que la conmovió más mi entusiasmo por tan poco: algo tan querido. En línea recta se llega a la tercera ermita de la zona, que es la de San Francisco, donde hay un Cristo de tamaño natural, de piel negra como no he visto a judío alguno. Me baño aquí con el rocío del mar cuyo yodo se siente desde estos quinientos metros de distancia, y pienso en la culpa de los demás, y en la mía, personal, con el tratamiento que se les da unos recuerdos lejanos. Pero, de pronto, no hay nada más en mi mente, y camino hacia el Caribe a paso lento, que es el mejor para evitar las decepciones.



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