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Milimétricas alegrías

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Seguro que Hermann Hesse sabía más que yo de la humilde gratificación silente desde las graciosas pequeñeces, y que nada de lo que diga aquí podrá ni siquiera acercarse a esa

estupenda gran certeza de su obra, llamada por él Pequeñas alegrías. Pero soy de los que creen en la reinvención infinita, mal que me pese, y por eso me he tomado la libertad de reinterpretar el título en cuestión a placer: reduzco con ello la expectativa de felicidad extática a que nos acostumbraron, a un simple y tal vez decepcionante rayo de luz en la ventana de la mañana, sobre la pared, brillante, cálido. Degrado apenas a una caminata sensata la sensación de paz que producen unos pies tibios y ligeros; renuncio al ahogo de las emocionantes primeras veces, y me quedo con la cordura que da el trabajo con sus repeticiones necesarias.
La música, que es la estética más práctica de que se dispone, y que no puede reemplazarse con los sonidos del tráfico, acompaña tantas veces los paseos con que uno se divierte en la vida, en un carro o andando por ahí. La charla-pura-cháchara, esa que es con algún desprevenido que te da la confianza de interesarse en lo que dices, dibuja una señal de fe en el desierto de la soledad en que vivimos todos. El tinto, amargo, como ahora lo entiendo, suele poner algo de color a la blanquecina imagen de los acontecimientos que dicen que no guardan relación alguna entre sí, más allá de su aparente imprevisión.
En la cima de esas mínimas cosas apiladas está, brillante, una estrella. Es la niña consentida de la cotidianidad, la savia, la pura convicción entre lo incierto: la alegría de vivir. Fantástico lugar común que no se agota. Él ánimo con que se la descubre puede ser similar a la impresión que deja una mujer bella que se ha esforzado mucho por no ser juzgada sólo así, y que, sin embargo, resplandece como una verdad que no tiene que gritarse. Se trata, pues, de un logro sereno, destilado licor de fértil realidad, y de la contenida aprehensión de los elementos del destino. No puede haber razonamiento más válido: es, toda ella, "La lúcida locura", de una luminosa tonalidad naranja.
Esperar por la conjunción perfecta de las circunstancias no debería ser una estrategia de felicidad. Lo es. A pesar de ello, de la inevitable derrota que lo posterga todo, permanece en el bolsillo la carta azarosa de la ilusión, que no muere sino hacia el final. Es por eso que la red que se teje mediante cada acto justo que se despliega indistintamente tiende a convertirse en el mapa de las nimiedades significativas, que marcan, una a una, a su respectivo día, y así, a otro ya otro. Cuando, para los demás, somos esperanza, y no miedo, se permite el desenlace de las fuerzas de esas victorias miniatura: entonces se prefiere, en justo trueque por la repuesta obvia, el triunfo definitivo de los detalles que se encuentran en el camino: un día soleado, y la lluvia, el olor a césped recién cortado, el saludo de quien no sabes ni el nombre: saber que nunca caminarás solo.