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Muerte natural

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



María de Villota, piloto española de automovilismo, murió el 11 de octubre de 2013 mientras descansaba en su hotel de Sevilla, antes de dar una charla sobre el libro de superación personal que escribiera.

La causa del fallecimiento: ninguna en particular, es decir: murió de muerte natural.

María había sufrido un grave accidente el 3 de julio de 2012, cuando hacía pruebas de aerodinámica en su vehículo de competición; en ese episodio lamentable perdió el ojo derecho.

Hasta el advenimiento del terrible momento, la piloto era considerada, con toda razón, una mujer muy hermosa, además de inteligente, y claro, inquietantemente arriesgada. Después de la grave pérdida, no sólo su rostro cambió, como lo prueban las fotografías: ella toda había mudado, más allá del tremendo ánimo que mostró para sobreponerse, aunque tal vez estuviera dirigido desde afuera hacia adentro.

A pesar de su matrimonio, meses antes de partir, presumo que ya no era objeto de admiración por su belleza, sino más bien de conmiseración por su dolor, la injusta pero comprensible reacción humana cuando no se sabe bien cómo reaccionar para no zaherir.

¿Qué pasa por la mente de una mujer que solía ser bella, y que, de repente, no lo es más?; ¿es posible que la tristeza resultante sea tan grande que, a pesar de los esfuerzos, esa persona pueda morir de añoranza? No estoy diciendo con esto que haya un necesario vaso comunicante entre no ser la bonita que se era y por ello querer irse, y en efecto fenecer. Obviamente me refiero a los tentáculos de la condición depresiva que surge como consecuencia de lo primero.

Tampoco estoy diciendo lo que pudiera parecer que digo: que a los hombres, por nuestra parte, nos da lo mismo vernos bien que no vernos, lo cual sería una mentira. (Tal vez pensamos menos en esas cosas, pero nadie en realidad quiere verse mal, y ser visto así por otros).

Imagino las horas que María pasaría frente a cuanto espejo encontraba en su casa, en hoteles, en carros y restaurantes…, tratando de convencerse a sí misma de que aún era la misma joven de treinta y pico de años de un año antes.

La puedo ver ahora, sola y suspirando, moviendo la cabeza de un lado a otro como una niña, jugando con su pelo rubio para tapar las huellas de la violencia deportiva en su faz (y ya no sólo arruguitas), gimiendo tiernamente, soltando una lágrima, y levantándose otra vez de su silla, dispuesta a demostrar -a demostrar- que no estaba vencida.

Y que era la misma, que nada realmente había cambiado, y que los hombres que antes la veíamos con delectación tendríamos que reconocer poco a poco que ahora había algo nuevo en ella, que no era tan evidente como un par de empinadas tetas, no, pero que la hacía más interesante a la larga: más mujer.

La puedo ver en eso.

¿Es lo más recomendable que, antes que deprimirse estratégicamente, alguien que ha sufrido una pérdida fundamental siga el camino bien intencionado de la recuperación instantánea, sin darse tiempo a sentirse mal de verdad? Ciertamente, podría recomendarse casi siempre superar la derrota lo antes posible; pero ello no puede implicar auto-engaño en ningún caso. María hizo un conmovedor intento personal por continuar su vida, sin hablar del esfuerzo para enseñarlo a los demás. Hay mucha dignidad en eso.

No obstante, ¿qué había dentro de ella? Parece que habitaba en su restante hermosura el veneno de una rabia infinita con el destino: la incapacidad de seguir adelante con algo que se comprende cada vez menos, y que nunca se habría podido aceptar en absoluta paz... La muerte natural no existe.