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Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Se cumplen veinte años de la muerte en un tejado cualquiera del hampón más famoso que han parido estas tierras, Pablo Escobar: aunque no el peor ni el más presidenciable, todo hay que decirlo. Han escrito mucho sobre este personaje siniestro y curioso, que intentara en su momento, comprando con plata apoyo popular, pasar por héroe de la gente, buscando que la misma lo protegiera y no porque ella le importara algo.

Lo cierto es, sin embargo, que casi siempre se olvida en el hipócrita análisis un detalle fundamental, determinista a más no poder de esta particular historia de sangre y muerte de nosotros: siempre habrá Pablosescobares en Colombia mientras persista la combinación ésa de ambición y desaprensión que nos tiene como nos tiene, y en la que nadie pero nadie se reconoce.

¿Qué pasa cuando un pueblo posee como característica común el deseo sin desbravar de obtener cosas para sí, y al tiempo no se le ofrecen herramientas educativas suficientes para morigerar los efectos de esa hambre de razones para vivir?: ¿qué es lo que va a pasar cuando lo que está a la mano es la lógica del "como-sea", y no existe la voluntad de realizar un esfuerzo por superar la pereza mental para hallar métodos de existencia que no impliquen daño a nadie, pues la energía para hacer "lo-que-hay-que-hacer" parece nublar la capacidad de pensar objetivamente al menos (ya no hablemos ni siquiera de pensar en la sociedad)?

Es la costumbre de parasitar lo que se impone cuando esas circunstancias se dan. Un mafioso, un delincuente, un criminal, un transgresor del orden social del tamaño de Escobar no es más que un parásito, sí: un ser que no puede producir nada por sí solo dentro de la legalidad (nada que sirva: ni material, ni ideal), y por eso tiene que ir a medrar de la buena fe del que se deje (en el caso de él, la Colombia de los ochenta en su conjunto). La pregunta que sigue es: bueno, esos son los delincuentes comunes, los narcotraficantes, las bandas criminales, etc. (que no se han acabado todavía, ni se acabarán mientras haya tantas carencias, dirán algunos), pero, ¿qué pasa con los que en principio no "habrían tenido" que parasitar a costa de los buenos colombianos, y aún así lo han hecho y lo hacen?: diga usted: los políticos corruptos, los empresarios que hacen las leyes a su antojo económico, los que quieren más, más, más plata…, quienes, en general, no tendrían "necesidad" de matarnos con ese cortaúñas cotidiano, lento y punzante, del acaparamiento?

Y, así, la pregunta final es: ¿por qué los dirigentes colombianos no han querido a Colombia?¿Por qué si, en todos los países sin excepción ha habido históricamente antisociales, en Colombia, además de tales indeseables, hemos tenido que padecer un liderazgo de las clases dominantes tan pobre, tan negativo, tan pesimista, a diferencia de lugares en donde sus homólogos sirvieron de contrapeso frente a los no patriotas?; ¿por qué ellos han estimado que no vale la pena este país?; ¿por qué ha sido más importante terminar de hundir a los hundidos antes que mostrarles cómo salir del hueco? En otras palabras, ¿por qué parasitar del que ya no tiene casi nada que "aprovecharle", pudiendo darle otro ejemplo? Antes de seguir pensando en el miedo que generan los Escobares que por ahí padecemos, consideremos si no es retorcidamente justo recibir eso de quienes han sido abusados en masa durante siglos, y entonces comprendamos que no deberíamos quejarnos por cosechar lo que se ha sembrado con desprecio. Es como el edificio que se cae y mata a todos los que lo habitan, incluyendo a los arquitectos que lo han diseñado mal a propósito, creyendo que no iban a estar dentro cuando colapsara. ¿Por qué mejor, como en la canción, esos líderes de la destrucción no se van del país que tanto odian?



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