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Los valientes andan solos

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Me gusta el título de ese western, más poético aun en inglés (Lonely are the brave), y me gusta la propia película, que el año pasado -leo en Internet- ya cumplió cincuenta años. Es la historia de dos hombres solitarios, realmente, cada uno a su manera.

Amigos entre sí, el uno no duda en ir cabalgando a rescatar al otro, hazaña mediante, cuando a éste lo condenan a prisión por un acto bondadoso que "cometió".

El primero, vaquero bragado, rompe su amada soledad y se pone en peligro cuando de honrar la amistad se trata; el segundo, no inferior en arrojo, ha caído preso por auxiliar a unos mexicanos ilegales en la tierra del disparo-y-después-pregunto (cualquier parecido con la actualidad…).

Son dos individualismos diferentes los de esos hombres, pero legitimados ambos por el bien. Por la conciencia invencible del bien. Y con el individualismo así concebido, que venga pues la bala justificada por el humanitarismo, por la humanidad toda, qué más da.

Que no haya nada que envidiarles a los cruzados, o a Bush, o a la guerrilla (o a los nazis), o a cualquiera que tenga dentro de sí esa suerte de demonio que te hace pensar que haciendo eso que nada más tú haces, haces lo correcto, y al que se oponga, lo quitas de en medio y ya, pues es una fuerza superior la que te lleva. Son los demás los que te necesitan, por ellos actúas, en el fondo: altruismo puro, detrás de aparente egoísmo. Qué lindo, ¿no es cierto?

Sin embargo, y dicho lo anterior, y como me la he pasado muy solo últimamente, me permitiré decir nada más que sí, que al final es verdad: es el otro -los otros, los demás- lo que más importa, y, en ese sentido, sólo vale la pena validarse en la soledad como independiente cuando tienes cerca destinatarios de los beneficios de los descubrimientos en sabiduría que has hecho por tu cuenta, o que crees haber hecho. Es, sí, una forma de vivir medio cursi, algo coloreada por el heroico individualismo de algunas películas gringas, casi siempre unilateral (y así, falaz), pero no por ello menos real.

Especialmente no inferior en fuerza vital al concepto de individuo que termina por imponerse hoy, y que es fundamentalmente egoísmo puro y duro. Cosa de brutos, que no de bravos. ¿Dónde radica la fuerza del egoísmo así vivido?, ¿de verdad yo solito soy más importante que el resto? (No me importan nada ahora Sartre y su dicho -quién sabe si descontextualizado- de que "el infierno son los demás").

Quien no ha atravesado épocas de su vida primera en las que se ha creído el centro del mundo, tal vez tenga que vivir eso más viejo, y entonces ahí sí sea un verdadero peligro para el vecindario.

Los que ya padecieron, y superaron conscientemente la verdadera soledad ésa del miedo a no tener nada -que impulsa a tantos-, pueden estar más tranquilos. Se trata de un dragón muerto.

Así, los que han matado "en desigual batalla" a su particular bestia de mezquindad, tienden a andar sutilmente solos aun en medio de multitudes: se esfuerzan en no depender de nadie, en no ser una carga, y, al contrario, tratan de dar, en silencio, a sus muchas veces desconocidos circunstantes, incluso más de lo que pueden, porque saben que tales estarán necesitando una mano que no se atreven a pedir.

Son, esos valientes, seres que han alcanzado el adecuado ritmo de marcha en su propio camino; han perdido el miedo tormentoso a perder, porque, de alguna forma, a través de los demás, lo tienen todo. Y por eso andan solos, llenos de amor ajeno.