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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Durante las dos últimas semanas ha sido gravísimo, profuso, y superficial -como de costumbre-, el debate en Colombia acerca de la verdadera relación ciencia-sociedad entre nosotros, todo suscitado a partir del artículo escrito por alguien muy representativo, por lo demás, de aquello que también somos, y que, pienso, deberíamos ser menos cada vez.

Para los que no están enterados, El Espectador publicó hace casi quince días, en primera página, y con ánimo de construir noticia de donde no había mucho para ello (y a fe que lo logró), un extenso informe de un señor cuyo nombre no recuerdo a propósito, en el que se expone con detalle (y con muy buen español, hay que decirlo), la supuesta verdadera y triste historia del doctor Raúl Cuero, científico colombiano, escritor y conferencista, cuyos logros son contrastados con la dura realidad por la investigación que por Internet, y por teléfono, hizo el autor de la denuncia tan pero tan valiente.

El fin de semana pasado veía en el canal Telecaribe (sí, veo Telecaribe) una amena entrevista realizada al octogenario empresario cartagenero Alberto Araújo, padre del exministro secuestrado durante un montón de años por la guerrilla, aquel que escapara del cautiverio mediante una maniobra cuya espectacularidad no le permitió ocultar en público el dolor de los años perdidos.

El señor Araújo hablaba con desparpajo de su vida, con esa confianza que da el haber superado solo lo que a todos pudo haber parecido imposible en algún momento.

Contó que en su juventud era muy irascible, emocionalmente inestable, inmaduro, y que mediante técnicas de meditación logró mejorarse a sí mismo, vencer sus problemas, y convertirse en el ser disciplinado que es hoy.

(En otra entrevista, también de Telecaribe, yo le había escuchado hace unos años que cuidaba mucho su alimentación, y que no consumía alcohol, y que a eso atribuía la lucidez y energía por las que le preguntaban).

Entre otras cosas, dijo que amaba a su esposa como el primer día, así como a sus ocho hijos, lo que me pareció muy razonable en un hombre de éxito como él, creador de empleo con sus hoteles, e influyente ciudadano de la opulenta Cartagena.

¿Por qué hablo de estos dos caballeros por separado? Porque ahora intentaré unirlos. Al doctor Cuero, esforzado afrocolombiano, le quitaron de un tajo sus títulos académicos obtenidos en Estados Unidos y Europa, minaron su creación intelectual -que no es poca, ni insignificante-, y lo trataron de impostor por apenas haber expuesto sus logros con sana exageración.

Definitivamente es mucho más fácil destruir que crear; asimismo, imagino que el "denunciante" y los que crucifican el color de la piel no serían tan bravos descubriendo a la caterva de mafiosos que a diario se roban a Colombia en sus narices.

Raúl Cuero, hace ya un par de años, en alguna entrevista, les dijo a los jóvenes que no cayeran en la tentación de la auto-compasión, como él no lo hizo al salir un día de Buenaventura (¡de Buenaventura!) sin nada. Solamente con eso se ganó mi simpatía, así como la de muchos otros, espero.

El señor Araújo, en la otra orilla, la de los colombianos privilegiados, pero trabajadores, lo complementó espiritualmente haciendo la polémica afirmación de que le daba tristeza ver a tantos recién graduados salir de la universidad con el único deseo de convertirse en empleados.

Habrá mil opiniones. Para mí, son éstas unas lecciones de verdadera sabiduría colombiana, de parte de quienes en su momento no buscaron pretextos ni excusas, sino oportunidades escondidas en sus propias adversidades.



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