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Mermelada…

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Creo en las palabras, en el poder de las palabras. Por eso suelo demorarme hablando, escribiendo, pensando incluso, cuando de seleccionar el vocablo exacto se trata, en función de transmitir algo preciso, inequívoco, decisivo. Realmente considero que vale la pena hacerlo.

No hablo sólo de mi caso con el español, que por lo visto es un idioma detallista, minucioso, sensible y práctico a la vez; me refiero también al uso de las palabras en cualquier lenguaje nuevo que de pronto se me aparece, y que impulsivamente me gustaría aprender.

Las palabras ayudan a pensar, a entender, a conocer a los demás, al mundo: ayudan a vivir más y mejores cosas. Si en la vida triunfan los que tienen el conocimiento y saben cómo utilizarlo, piénsese que quizás muchos de esos que deciden lo que los demás quieren -lo que necesitan, lo que sienten- han sido históricamente excelsos comunicadores de ideas, que a su vez han debido de ir madurando dentro de sí a través del flujo interno de… palabras.

Ahora, no estoy construyendo un discurso apologético tardío de aquella dizque ciencia surgida en los ochenta de los gringos llamada con grandilocuencia "programación neurolingüística". Esa era una simple complicación de lo obvio ("Se es esclavo de lo que se dice y maestro de lo que se calla"; "Los pensamientos cotidianos se convierten en destino", etc.).

No me interesa. Pero sí quiero enfatizar en la utilización que ordinariamente se les da a ciertos términos de carácter público, hasta el punto de hacerlos perder su significado original y determinarlos así como cosa vana. Eso es peligroso.

Estoy, pues, en contra de la palabrita que se escucha hoy ubicuamente para designar (con malicia) la asignación (politiquera) de recursos públicos (de regalías, sobre todo, pero no sólo de ellas) con el fin de obtener favores preelectorales (y electorales) de parte de servidores públicos de diversos niveles administrativos (y territoriales) que en principio no habrían estado dispuestos a ceder, en favor del que gira desde Bogotá.

(¿Ceder en cuanto a qué? No lo sé…, a lo que sea, supongo.). Me parece una vergüenza mayúscula que sea el propio Gobierno nacional el que haya hecho abuso de la lengua con eso de atreverse a decirla en primer lugar, alegremente: "mermelada". ¿Para desplegarla en cuál "tostada nacional"?, ¿nos creyeron bobos?, ¿no está lindando eso con la corrupción?

Hablar con ligereza del dulce que la plata de todos supone para unos pocos es una trivialización del fenómeno de la corrupción, que en Colombia no es nada extraño.

Y me pregunto más ahora: ¿hemos alcanzado ya tales estándares de falta de vergüenza que sencillamente es irrelevante hablar casi al desnudo de las transferencias de plata estatal que tienen un fin más o menos conocido en cuanto a sus reales "beneficiarios"? Ojalá no.

Mientras, qué bueno sería para la Moral (sí, así: como un axioma) administrativa del artículo 209 superior, que dejáramos de utilizar eufemismos para disfrazar nuestra incapacidad de ser serios y rigurosos con el manejo del destino común que, para bien o para mal, compartimos.

La palabra "mermelada" -lo que ella significa en verdad, su naturaleza ladina- es prueba de nuestra incapacidad para llamar a las cosas que nos afectan por su nombre, tal vez porque en alguna medida todos en este país nos sentimos también incapaces de tirar la primera piedra.