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¿Y dónde queda el centro?

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Recientemente el diario El Espectador editorializaba acerca de la linda lista de Uribe al Senado y las consecuencias presumiblemente benéficas que su presentación ante la consideración de los colombianos acarrearía a la larga, esto es, mirando hacia el futuro, en términos de fortalecimiento de nuestra democracia.

Está bien: si nos quitamos las máscaras y mostramos lo que somos y lo que defendemos de una buena vez, es posible que Colombia salga fortalecida, y de pronto un día, si sigue ese camino, este país deje de ser un conglomerado acostumbrado a matarse, debido a haber sido algo así como obligado a vivir junto.

La pregunta que hay que hacerse es si tal cosa, de verdad, será posible. Existen muchos indicios históricos en contra de la posibilidad de que el pueblo colombiano se decida a dividirse formalmente para así buscar la unidad. (Pues la unidad de la Nación no es, como muchos creen, el producto de la componenda amiguera, del negociado, del "hagámonos pasito" tú y yo, y así tumbamos al tercero).

La división formal que la política colombiana urge desde hace doscientos años es necesaria para aclarar las cosas públicas: cuando la gente no sabe lo que elige vende el voto (o lo compra), vota por el chabacán de la guerra que amenaza más, no vota por el más preparado de los candidatos, no entiende nada de las ideas sobre lo que debe ser el Estado, se confunde, se pierde, regala su futuro…

Tanto la izquierda (que a veces se avergüenza de serlo), como la derecha (que casi siempre se muestra como la niña buena, y que después es la niña buena infiel), han tenido que empezar a trabajar un poco sin los ropajes que brinda el río revuelto en el que no se sabe quién es quién. Han hecho esto no porque quisieran, no; les ha tocado actuar así ante el advenimiento del lento e imperceptible desprendimiento de los pedazos del viejo país, aquel menos letrado y más hipócrita.

Hoy en día, la polarización, en principio tan inconveniente, se ha vuelto indispensable: ha sido la única manera de que se sepa internamente lo evidente: que Colombia es casi un protectorado gringo, que la lucha armada de la izquierda ya no sirve, que la batalla política es la única deseable para salir del atolladero, y que para ello se requiere que los partidos "interpreten" a los distintos sectores de la opinión pública sin más dilación.

Esto último deben hacerlo para devolverle a la sociedad un esquema digerido de sus preferencias, no para enredarla más.

Mientras eso sucede (a ver si algún día es así) la tentación lógica, entendible, de muchos compatriotas es la de pararse en la región del verdadero centro (no en la del susodicho Centro Democrático, ni más faltaba), pues tal actitud política, que no apolítica, representa ciertamente una suerte de salvaguardia frente a los extremismos que nos han hecho tanto daño.

El ciudadano de a pie, que no quiere ser manipulado, ni el idiota útil de los poderosos, tiene derecho a querer lo mejor para Colombia; si, para ello, necesita de la confluencia de lo que cree es lo mejor de cada ideología -que por sí solas no lo convencen-, debería estar en posibilidad de identificar a los representantes de tal posición ecléctica, que no neutra (la neutralidad es la madre alcahueta de la nada), y adherirse a ese radical equilibrio. Pero que alguien le diga a ese pobre individuo a dónde acudir. Yo no lo sé, desde luego; ¿lo sabe usted?



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