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Estar preso

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



La noticia de estos días es, obviamente, la muerte de uno de esos tipos que ya no vienen, menos en Colombia que en otros lados. Mutis, el escritor cosmopolita que no cayó en el ridículo siéndolo, ha fallecido a los noventa años recién cumplidos. El resto ya se sabe.

Es interesante rescatar del magno mar de información que recibimos el aspecto que sorprende a muchos cuando se enteran: don Álvaro, monárquico en serio, culto y de buen gusto, estuvo preso a los treinta y pico de años en México. Fueron quince meses en la tenebrosa, según dicen, cárcel de Lecumberri, cuyo sonoro dejó "vascuence" le sirvió -supongo- al escritor para justamente eso: escribir acerca del asunto tiempo después, al cabo del terror.

Eran los cincuentas, y el colombiano, gracias a haber publicado literatura, a conocer de la vida en otras latitudes, y sobre todo al don de gentes que enamoraba a mujeres y convencía a caballeros por igual, se había propuesto congraciarse con el mundillo literario dando un banquete con plata de la compañía para la que trabajaba como relacionista público, la Esso. Y los de la Esso, por eso, lo metieron preso. ¿Qué se sentirá vivir tal cosa?

Imaginen ser el centro de la vida hoy -como Mutis lo era-, y mañana, de pronto, nadie, aun menos que nadie: nada. Porque en la cárcel no se es sino apenas nada. Una estadística, una carga, un estorbo, un problema administrativo, un mal ejemplo, un gasto del Estado. La soledad en su máxima expresión, la culpa. Yo creo que vivir eso es morir de muerte lenta.

La cuestión de la poca "dañosidad" (como dicen barbáricamente algunos textos penalistas) social de la conducta, o de si se es "inocente" (nadie es inocente de nada: ahora lo sé más) de lo acusado, deviene en intrascendente: estar allí, por sí mismo, responsabiliza y condena.

(Claro, no falta el sujeto que se hace el chistosito para no buscar la lástima ajena, para afirmarse en su dignidad, o para marcar un punto específico alrededor del tema; recuerdo el caso de un hombre que, después de la experiencia de la cárcel, solía decir que sus meses en prisión habían sido los más felices de su vida, en directa alusión a la precaria existencia previa que llevaba al lado de una esposa que, cada vez que oía eso, estallaba de ira doméstica. Me producía risa el asunto, pero, ahora que lo veo escrito, pierde la gracia; ¿estaré envejeciendo?).

Hay muchas jaulas en las que se acaba la libertad propia. La peor de ellas es la mental, aquella que se crea uno mismo y de la cual no se puede salir caminando, o fugándose. Mutis, me parece, lo entendió así durante aquella temporada en el infierno, y por eso alguna vez conceptuó que al soñar nadie está realmente preso, como no lo estaban sus colegas y él mismo, cada noche sin luces, en Lecumberri. Sí, suena a lugar común, pero me temo que es la pura verdad.

Se puede evitar la reclusión con la imaginación; el problema surge cuando la propia mente es la carcelera (aun fuera de la celda), y entonces sería mejor no pensar nunca. Ahí es cuando no queda más remedio que escribir para poder seguir viviendo, como le pasó al gran escritor, quien volvió del presidio muchas veces para narrarnos en clave, a lo largo de todo un universo particular, lo que sintió mientras fue llevado al extremo por las circunstancias. No obstante, se fue, y ya nada importa.



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