Revolución

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



¿Qué se requiere para que en este país se de algo más que una sucesión de paros violentos -infiltrados, dicen-, y para que el estado de cosas se sacuda verdaderamente, al punto de cambiar de fondo lo que hay que cambiar? El asunto de la protesta social no puede ser flor de un día, como tradicionalmente lo ha sido en Colombia.

Ahora bien, es cierto, persiste entre la gente el miedo a la represión estatal por la fuerza, y a que, merced a ella, sencillamente te maten cuando salgas a exigir tus derechos. Pero, ¿y entonces?, ¿hay que resignarse a seguir como malvivimos?, ¿es la infelicidad tolerable?

Uno de los postulados que Mao dejó escritos en alguna de sus obras (?) es aquel referente a que una revolución no se puede hacer sin el pueblo, sin la espontaneidad social, sin ese enamoramiento apasionado de las personas por la justicia básica. Sabía lo que decía el chino, por supuesto, hombre que no se andaba con vueltas.

En días pasados, por primera vez desde hace mucho tiempo, hemos visto con asombro la erupción de ese sentimiento profundo de solidaridad ciudadana (al que, buenamente, nos "obliga" la Constitución Política) en las marchas de apoyo al campesinado. Eso debe de producirle escalofríos a más de uno. Por eso repito: ¿y ahora qué?, ¿se va a perder esta oportunidad de hacer reformas reales en el país solo porque la validez de la protesta se ha infectado hoy, tal vez a propósito? En otras palabras: ¿seguiremos aplazando lo inaplazable, esto es, la necesaria revolución colombiana tantas veces contenida?

(Bolívar, en su momento, entendió lo que se necesitaba 1en estas tierras olvidadas del dios de los conquistadores; y lo hizo instintivamente, sin mucha experiencia -tenía treinta años-, casi sin armas, casi sin hombres, y decididamente sin el apoyo de la gente, lo que Mao reclamaba para hacer la revolución bien hecha.

¿Qué concibió el Libertador para que, eventualmente, su guerra cobrara sentido político, y con ello, apoyo popular? Pues la volcó hacia lo básico: "Españoles y canarios: ¡contad con la muerte!", decía el tenebroso decreto que escribió en 1813, acto guerrillo-administrativo que ciertamente no fue letra muerta, y que el comandante subversivo cumplió al pie de la letra frente a los peninsulares que no se volvieron colaboracionistas desde su recién adquirida condición de extranjeros. Eran otros tiempos, desde luego; tanto el derecho a la guerra, como el derecho de la guerra, eran diferentes, si es que existían como tales).

La tarea que nos queda a los colombianos es la de mantener la llama de la inconformidad ardiendo, aunque pacíficamente. Pacífica y democráticamente. Y mientras cuidamos que ese fuego no se apague, debemos encontrar la manera de (no quiero decir "legitimar")… concretar la reclamación. Así, cuando se produzca una nueva explosión -que se va a producir, seguro- poder encauzar esa energía hacia algo permanente. Ya lo hicimos entre 1989 y 1991, recuerden, desde la promulgación de la odiada Constitución; con eso se logró que la derecha criminal (las derechas no siempre son iguales) todos los días se despierte amargada, buscando nuevas formas de acabar con la acción de tutela, de limitar el alcance fundamental de los derechos económicos, sociales y culturales, de "reducir el tamaño del Estado", etc., porque no soporta la idea de que, a través de la institucionalidad, pueda existir paz social, ni paz de ningún tipo, en esta nueva colonia que le pertenecerá por siempre y para siempre.

La historia, por su parte, seguirá su terco curso, pero creo firmemente que hay que empujarla para que, de una vez por todas, sea lo que tiene que ser.



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