Hacer la política en la calle

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Lo único que lamento en serio es que el que termine pagando los platos rotos de la indignación criolla sea el que medio lo ha intentado en Colombia últimamente: el sobrestimado Santos. Hace poco más de tres años escribía yo aquí cosas en contra del delfín ya sesentón que aspiraba, decía él, a reelegir a Uribe y a sus asquerosas dizque-políticas.

Me ha tocado arrepentirme, pues ya sabemos lo que pasó; el hombre resultó más independiente de lo que se creía, y dejó a los bobalicones de la montaña viendo un chispero del que todavía no se reponen ni esnifando el polvo mágico de la ilusión electorera esa del Congreso.

Qué lindo ha sido verlos así. Qué lindo. Pero ahora, que es el momento de la sangre fría, se ven las costuras de un sistema de administración, de un plan maestro, que al parecer no estaba bien diseñado para enfrentar todas las contingencias de la dura sociedad colombiana.

Esto pasa cuando se deja la responsabilidad de la ingeniería de las ideas en manos de subalternos, que por más "expertos" que sean, no saben bien lo que hay que saber respecto del fondo de los acontecimientos políticos: el conocimiento de la gente, de cómo piensa la gente de un país, es asunto mundano a más no poder, y suele ser una responsabilidad que los líderes de verdad asumen como su destino -aunque les duela-, y precisamente por eso son diferentes.

(Líder que debe ser, por fuerza, sujeto fáustico: certera combinación de astucia para precaver las malevas acciones ajenas, y de audacia para actuar en el momento justo contra los autores de aquellas: como en el fútbol, defensa-ataque, ataque-defensa, ¿no?).

Todos pensábamos que el bueno de Juan Manuel-neoliberal, pro-yanqui, etc.- iba a poder zafarse al final de ese lastre que le dejó haber llegado al poder usando como escalinata la cabeza de Uribe. Lo estaba haciendo bien, luchando institucionalmente por dotar al país de una estructura modernizadora que lo sacara del Medievo en que hemos vivido.

Pero, ahora, se ha visto que no ha sido suficiente; le ha faltado a este Gobierno más calle, más roce con el hambre de la calle, con la violencia, con las injusticias obrero-patronales, con el delito impune y la salud inexistente, con la realidad de todos los días.

La política de verdad no se hace en los salones, contando chistes pendejos, hablando basura hasta el cansancio, y nombrando funcionarios amigos para que se enfrenten a curtidos opositores casi estalinistas que, como Robledo, no perdonan una, lo cual, por el bien del país, debe necesariamente ser así.

Hay que salir al sudoroso asfalto, Santos (y su equipo de gobierno), y también ensuciarse los zapatos con el barro que todos los de a pie pisamos, llenarse las manos del mugre digno del pobre, escucharlo, entenderlo, vivir su desgracia cotidiana, y, sobre todo, correr el honroso riesgo de ser llamado populista mientras se trata de ser popular.

Si el jefe de Estado no quiere que todos estos justificados paros lo terminen por sacar de la escena, tiene que enfrentarlos (los problemas se enfrentan, señor), y no andar descalificando la pura rabia de la gente, como lo hizo para después recular avergonzado. Lo digo casi con pesar, como se le habla a alguien estimado aunque no se lo haya tratado, ni eso vaya a suceder nunca.

Las posibilidades del Presidente de pasar a la historia de la gran nación colombiana están intactas, pero para ello él necesita actuar con la decisión de ganarse al pueblo en su propio medio, y así evitar que los oportunistas sigan llenando vacíos. ¡Tiene que hacerlo ya!



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