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Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Se les hace agua la boca a muchos con la protesta del Catatumbo; la conclusión anhelada por ellos sería una al estilo de Godofredo Cínico Caspa: "¡Bala con esos revoltosos adoctrinados por guerrilleros que no quieren trabajar sino ser mantenidos con los impuestos que paga puntualmente la gente decente de este país, carajo!".

Agua hace la boquita de ilustres como los ilustrados, por no hablar de la catarata de saliva que derraman los que, monopolizando el comando de la fuerza pública, muy seguramente se mueren por cumplirles el deseo a los primeros, y así arreglar el problema "a lo varón", o sea, metiéndole la mecanizada -ojalá se pudiera toda la infantería- al paro: al fin y al cabo, si la protesta está infiltrada por la guerrilla, como lo afirman, la "limpieza" estaría justificada, ¿no?

Juan Manuel Santos estuvo afirmando en estos días de urgencia cosas interesantes, por lo contradictorias. Dijo, en alusión a los reclamos de los protestantes catatumberos, que en un Estado de derecho (¿no sería mejor un Estado derecho?) las cosas tienen su curso legal, tatatá-tatatá, y que por eso él no cede a las presiones (como bien lo enseñan las escuelas de negociación gringas), y que, etcétera, y no mucho más, la verdad.

Lo único cierto, señor presidente, es que el problema no está resuelto, y que, con la genuina calentura que tiene esta gente, así nomás no lo va a lograr. A ver si algún día los Gobiernos de Colombia aprenden a respetar los requerimientos de los que no tienen las armas ni la plata, pero sí la indignación, el hastío y la rabia.

Por lo demás, hablando del Estado de derecho y demás monsergas leguleyas: ¿cómo es eso que los campesinos de la protesta tienen que ser los patriotas que respeten las leyes de la República, mientras del ministro de Defensa para abajo se manifiesta directamente la presunción de culpabilidad de los que marchan y bloquean y piden, y se les llama prácticamente guerrilleros, y se les condena por anticipado ante la opinión pública, y se les amenaza con pasarlos por el pesadísimo metal del plomo, todo esto bajo el influjo del importante Estado de derecho colombiano? No me hagan reír.

Ahora bien, ¿y qué pasa si las protestas están infiltradas por la guerrilla?, ¿eso le da derecho al Estado (de derecho) a barrer con todos -guerrilleros o no- en el Catatumbo?, ¿quién dice que sí?, ¿quién se atreve a confesarlo en público?

Tal vez la sorpresa subyacente en todo esto radique en que, gracias a la tradicional represión secreta estatal, se ha vuelto costumbre que los colombianos realmente no protesten por las barbaridades que pasan en el país.

Esto muy seguramente es una de las consecuencias perversas de la confrontación armada de la guerrilla, que no ha dado resultados reales, y que, en cambio, ha logrado que en Colombia se aborrezca cualquier tipo de lucha social, y que siempre que medio surja alguna, enseguida se la equipare con la subversión, o se reduzca su esencia de cualquier otra manera deslegitimadora. Sin embargo, hay que protestar.

Mientras tanto -a ver con qué sale la mesa-¿cómo se hace para que los que representan a Santos (sin enlodarlo) no funjan como autoridad judicial y anden condenando sin pruebas a los indignados criollos ante el país?; ¿cómo hacer para que un ministro de defensa no sea el servil de los comandantes de la fuerza pública?; y, ¿cómo recuperar la unidad de la cadena de mando y que se haga lo que el presidente de la República ordene, si ordena algo legítimo, y, para que, en caso contrario, asuma las responsabilidades políticas e históricas de lo que otros hacen y declaran en nombre del Gobierno, cuidando minuciosamente de no dañar la imagen del jefe?



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