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El diablo y su guerra

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



En días pasados estuve viendo por televisión (cito: en el History Channel) un programa medianamente bien desarrollado a partir de una idea bastante buena: la brujería en el conflicto colombiano -incluyendo delincuencia común y otros elementos que dizque no hacen parte del problema político-.

Me pareció de resaltar sobretodo el fácil nivel de fe que se puede alcanzar por parte de algunos violentos cuando pretenden hacer el mal (el mal inicial, o el mal como retaliación: da lo mismo).

El mal. La fe y el mal juntos. La idea repugna un poco a quienes hemos sido educados, acostumbrados, y hasta encerrados, en la creencia ciega en Dios, padre todopoderoso, invencible ser de bondad que todo lo perdona -todo lo concede- a cambio de un poco de humildad en el alma. (Y de fe: la fe es cosa de Dios, no del Diablo, ¿no?).

Pero resulta que es más que una teoría para algunos: es su "única" alternativa. Uno de los entrevistados decía algo así: "Yo andaba buscando al Diablo para que me ayudara; el Diablo se metió en mí, y ahí empecé a hacerme más malo". El mal y el poder. El poder a cambio del mal. El mal, para ser poderoso. El Diablo, si no abogado, es al menos sujeto curtido en el derecho de las obligaciones.

Pues el mal y el poder están, sin duda, relacionados. O al menos eso creen muchos de quienes buscan ser malos-malos y pasar por encima de los demás, a la brava, con potencia, como un macho cabrío, como el Putas. Como si el atributo de la victoria fuera cosa de los egoístas, duros y crueles. Yo os digo en cambio que no hay ninguna verdad en el mal, que todo es ilusión vana.

Porque he sido tan malo como cualquiera, y he tenido a veces más vanidad que dignidad, más soberbia que legítimo orgullo; por eso lo sé: el poder del mal es pasajero. Aunque, claro, lo sé menos que quienes han sobrepasado todos los límites, quienes, además, aceptándolo muy dentro de sí, prefieren ignorarlo, tragarse la culpa, mentirse y seguir adelante. Es relativamente sencillo olvidar que se es malo, ciertamente. Pero, hombre, algo pasa en las caras, que no pueden mentir, y eventualmente eructan el sufrimiento de hacer sufrir.

Hace veinte años tenía al lado de mi pupitre colegial a un condiscípulo algo mayor, buen tipo, hasta paternal, que al final de ese mismo año dejó de estar con nosotros. Durante ese período se comportó bien conmigo, recuerdo, y era él entonces casi tan inocente como para ver también con deleite las revistas de mujeres desnudas que los curas nos decomisaban.

La siguiente vez que lo vi yo hojeaba otra revista, una muy diferente. Se trataba de la publicación que hacía la Fiscalía hace unos años (ignoro si todavía es así) con los rostros y delitos presumiblemente cometidos por los diversos Personajes del conflicto, para motivar de esa forma que las Víctimas se personaran temblando en unos estrados judiciales montados por encargo. Reconocí a este excamarada de inmediato, en medio de otros criminales procesados, y sólo vi dolor en esa, su faz tan temida.

Un par de años más viejo que yo, vi a un hombre acabado en el cuadrito de la fotografía, con un rictus espantoso en la boca y la mirada perdida en la memoria traicionera que no te deja en paz. Con todo, lo peor fue ver su alias, el mismo apócope de su nombre que voceábamos en las clases, hace ya mil años.

Me he convencido con el tiempo de que la guerra en Colombia es diabólica, es verdaderamente la mala hora de este país que debería vivir tranquilo con su vocación agrícola, con sus fiestas, sus reinas y su existencia provincial. No es así, evidentemente, y por eso la vida nuestra vale menos que el poder obtenido con maldad. Guerra, por Dios, acábate.

Los días previos al Día de la Madre me dejé conmover por los publicistas nacionales de televisión, quienes, enfocando niños recién nacidos, hacían ver la deslumbrante obviedad de que es una mamá la que cuida a su bebé cuando éste se asusta. Se me entrecortó la respiración. Yo no sabía con certeza que los niños tan pequeños podían asustarse, y que, consecuentemente, alguna vez me asusté yo, y que, qué horror, hasta mi peor enemigo lo hizo. Inocentes los dos.



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