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¿Y nosotros?

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Andan por estos días de fiesta en Medellín, con eso de la innovación y demás monsergas repetidas, todo a causa del premio que un banco gringo -entre otros- les dio por haber dado clic en manada por Internet.

Que lo disfruten, y que sigan creyéndose esas cosas que disimulan un rato su violenta realidad. En Bogotá, entre tanto, no faltan los que se preguntan cómo es que una ciudad rival, que es apenas un tercio de la capital, les puede dar la pelea, y a veces ganársela.

Que se sigan matando la cabeza, a ver si lo descubren un día de éstos. Pero, ¿qué nos importa eso a nosotros, los extranjeros-caribeños? La verdad, en lo personal, es que esa diferencia regional aparente entre unos y otros -todos ellos-me tiene sin cuidado: en la vieja competencia entre Bogotá y Medellín, yo estoy con Santa Marta.

Estoy, a muerte, con nosotros mismos, y nada más. Por eso no celebro los triunfos ajenos, ni me uno a los que quisieran disputárselos a aquellos. Me enfoco, por otro lado, en analizar las razones determinantes de que no seamos nosotros los que, con el mar como autopista, estemos al comando del desarrollo de este país.

Que falta educación, que hay mucha corrupción, que abunda la dejadez, que esto y que lo otro. Ya nos sabemos esa historia de memoria. La pregunta es: ¿qué hacer? O, ¿acaso no debe ser esa la preocupación más importante? Pero hacer, lo que se dice hacer, implica mucha actividad. Y, como es sabido, sólo es activo el que está motivado para ello, el que espera una recompensa por su esfuerzo, el que sabe que actuando de tal o cual forma -pero actuando- logrará, songo sorongo, lo que quiere.

Entonces, cómo no, la cuestión inicial, sin la cual no hay nada, es querer algo. ¿Queremos nosotros algo, como colectivo?, ¿algo más que las Fiestas del Mar, que un puesto público eterno, que perdernos en el delicioso sopor del mediodía?

Para el común de los alemanes, los españoles son un montón de vagos que se la pasan pensando en la parranda, los encierros y las corridas de toros, las mujeres (y ellas en ellos, supongo, para que no me llamen machista), el vino, los quesos, el jamón y el desperdicio de tomates. Ah, y el fútbol. Pero poco y nada de trabajo. Tal vez por eso mismo los teutones se la pasaban invadiendo a millonadas los balnearios del sur de la península durante el verano, para humanizarse a través del relajamiento.

Hasta hace unos cinco o seis años la cosa había llegado a un punto de equilibrio que no parecía molestar a nadie. Los unos se contentaban con ser llamados flojos, siempre que los otros dejaran los billetes en la fiesta.

Y a los otros les parecía justo pagar por inundarse la sangre de pasión latina, tan pintoresca, tan sensual (!). El problema es que ahora, con la crisis comunitaria europea, los esforzados alemanes sienten que pagan con sus impuestos locales por el sabroso estilo de vida de -entre otros- los ex conquistadores, quienes a su vez tildan de intolerantes a los ex nazis, y entonces, las viejas diferencias culturales dicen a gritos que no, que ellas nunca se han ido. Esto es un poco risible, ya lo sé.

Nuestra motivación para ser más activos, imponernos a los demás, y derrotarnos a nosotros mismos, debe ser inicialmente la de no querer llegar a ninguno de los dos extremos antes descritos. Esto es, entender el desarrollo como algo propio y particular, algo que depende, en cada caso, de las particularidades de cada caso.

Pues no somos iguales a nadie. El que sabe de dónde viene, sabe quién es y para dónde va: tal vez nos ha faltado a nosotros algo más de introspección para averiguarlo. Una vez lo hagamos, el destino también se manifestará por acá.