La soledad del coraje

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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Hace poco, el Fiscal General de la Nación encargado, Guillermo Mendoza, le pidió la renuncia a la Fiscal delegada ante la Corte Suprema de Justicia, Ángela María Buitrago, según él -en resumen-, por ineficiencia en el ejercicio de su cargo. Se habían tardado. Esta "incómoda" señora se atrevió a intentar materializar lo que a nadie le interesa en este país de mudos: la justicia.

La ex fiscal Buitrago era la directa responsable del éxito de las acusaciones de la Fiscalía ante la Corte respecto de personajes como: Luis Alfonso Plazas (sí, el de "aquí, salvando la democracia, maestro", o alguna baladronada similar, cuando lo de la retoma del Palacio de Justicia); Guillermo Valencia Cossio (hermano del Ministro de Uribe), por favorecer a paramilitares desde su cargo en la Fiscalía; y, Jorge Noguera Cotes, ex director del DAS, sindicado de varios homicidios (además de otras perlas). Estos, para nombrar sólo algunos de los casos que la ex Fiscal impulsó diligentemente, con sujeción a la ley, sin miedo. (Al momento de su destitución ya iba también por la ex Vicepresidente Santos, en un asunto relacionado con el delito de calumnia). ¡Y el Fiscal encargado se atreve a decir -y a repetir ante sus queridos medios- que Ángela Buitrago no era eficiente en su trabajo! ¡El mundo al revés! Juzguen ustedes.

Los actos de coraje personal, en defensa de la justicia, son cada vez más raros en Colombia. Me es inevitable ahora recordar, no sin algo de amargura, los destinos de Gaitán, Galán, Guillermo Cano, y tantos otros -y tantas otras-, que sin ser héroes ni santos, es más, simplemente siendo humanos, muy humanos, se atrevieron a enterarse de que en algún momento "las fuerzas oscuras" -que todo el mundo conoce con nombres propios- los iban a matar y, sabiéndolo, les importó poco y nada, pues continuaron su lucha, su vida, entendiendo que la peor traición que se le puede infligir a un país es la que implica echar para atrás cuando hay gente que se despierta día a día esperanzada en las promesas de dignidad que ellos mismos, los ahora muertos, habían hecho a través de sus obras. (Cuando hablamos de los "padres de la patria", para referirnos a Bolívar o a Santander, no deberíamos olvidarnos de todos los que han sido asesinados en las últimas décadas simplemente por decidirse a pensar en una Colombia mejor).

Ya lo han dicho otros, pero aquí y ahora lo voy a repetir: en todas partes hay personas buenas y malas; la diferencia está en que, en algunos países, los buenos no permiten a los malos hacer sus cosas. En Colombia no se puede decir que esto sea así. Aquí, el que quiere delinquir, delinque: "eso no es problema mío", suele decir el ciudadano promedio, cuando sabe de la comisión de algún crimen. Y así estamos. A casi nadie le duele que haya facinerosos encantados con la idea de hacer plata pasando por encima de los demás, como en la prehistoria; y lo que es peor, el miedo a tales individuos ha calado tan fuerte en la conciencia colectiva colombiana que, cuando algún cojonudo (o, ¿cojonuda?) osa plantar cara a los "bandidos" -como, paradójicamente, decía Uribe-, los colombianos tienden a mirarle como a un bicho raro, y por ello, le dejan vergonzantemente solo, a la buena de Dios. Normalmente, la gente no alcanza a comprender qué es lo que impulsa a esa persona a jugarse la vida. "¿Para qué?", se preguntan. "A este país no lo cambia nadie", se repiten entre sí, en un ejercicio de auto-convencimiento.

El criterio utilitarista es la base del capitalismo, y no está mal que así sea. El problema viene cuando se saltan varias etapas de evolución social, y entonces, se pretende construir un país -si es que es así- a partir de dosis exageradas de realismo-utilitarismo (¿miedo?, ¿miedo racional?, ¿miedo irracional?), sin ponerle a tal empresa un poquito de corazón, de pasión o de locura, llámele como quiera. Tal vez ése sea uno de nuestros problemas fundamentales: el cerebralismo inducido por el miedo.

Eso explicaría parcialmente nuestra tendencia a dejar solos a los que pelean por el bienestar general. Sea como fuere, es lamentable lo que ha ocurrido con la doctora Buitrago (de quien fui alumno, y por ello, puedo decir que, por lo visto, su carácter sigue siendo el mismo); pero, como ocurre siempre en estos casos, doctor Mendoza, no es ella la derrotada: la que pierde es, en primer lugar, Colombia, por haberle quitado la oportunidad de saber las verdades sobre ciertos ex funcionarios públicos; en segundo lugar, pierde la Fiscalía que usted dirige por carambola, pues es la que mayormente asume un descrédito que, esta vez, no ha pasado del todo desapercibido por la opinión pública; y, en tercer lugar, el gran perdedor es usted, señor Fiscal, pues tendrá que cargar con esa responsabilidad histórica de aquí en más, sin haber logrado nada duradero en cuanto a lo que pretendía con la remoción de la Fiscal, ya que le garantizo que, a pesar de todo, siempre habrá en este país personas, aunque sean unas pocas, dispuestas a rifar su vida por el ideal de una sociedad más justa.



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